viernes, 17 de marzo de 2017

CRÓNICA DE LA RUTA SOBRE "CAROLUS" DE CAROLINA MOLINA

El día 11 de marzo a las 10.30h de la mañana, comenzamos la ruta por los escenarios granadinos de la novela histórica «Carolus» de Carolina Molina, recientemente publicada por Ediciones B. 


Carlos III, uno de los personajes centrales del libro, compite con Lorenzo de Elvira y Gil López, los dos granadinos de esta divertida historia. Gracias a ellos conseguimos elaborar un itinerario interesante y bastante desconocido ambientado en el s. XVIII, sus costumbres y curiosidades.

El siglo de las pelucas y de los cortejos, de los tontillos y el lunar de terciopelo, se apoderó de las calles de Granada. Desde la Plaza de Mariana Pineda comenzamos a recorrer un periodo muy desconocido de esta ciudad, el de la Ilustración, momento histórico en el que aún quedaban restos de viejos monumentos, como el castillo de Bibataubín y la puerta cercana de la que tomó su nombre. 

En la Rondilla de Granada, es decir, en los alrededores de la Plaza del Campillo, por donde aún pasaba el río Darro y se encontraba la Puerta de la Rambla, luego llamada del Rastro y finalmente Puerta Real, imaginamos cómo era la vida de los actores y actrices que representaban en el coliseo cercano. 

Antes de llegar a la Plaza de Bib Rambla ya conocíamos a Carlos III y a su esposa María Amalia íntimamente, con sus costumbres diarias y peculiaridades. El niño rubio que sostenía Isabel de Farnesio, su madre, en este cuadro se hizo hombre e impulsó la modernización de las ciudades dando alas a los mejores arquitectos del momento. Las calles se iluminaron, se sanearon, se embellecieron.


Carlos III fue proclamado rey en Granada un 20 de enero de 1760 y al llegar el momento de la tremolación de la bandera frente a la Casa de los Miradores en la Plaza de Bib-Rambla, con el consabido « ¡Silencio! ¡Silencio! ¡Oíd!» se convirtió también en rey granadino.

Para este rey madrileño pero forjado en experiencia italiana no le era desconocido el carácter andaluz. Que se sepa vivió unos meses en la propia Alhambra junto a sus padres buscando la serenidad de espíritu que le faltaba al gran Felipe V, su progenitor. Tal vez por eso amparó con gran entusiasmo el catálogo de las Antigüedades Árabes de España en donde ilustraron las bellezas arquitectónicas de la Alhambra.

Bajo su reinado tuvo también lugar uno de los hechos más vergonzosos de la arqueología española: las falsificaciones de los hallazgos romanos en el Albayzin. En la ruta se recordó a Juan de Flores y el juicio que terminó en Plaza Nueva con la destrucción de todo lo hallado, pues duda había de diferenciar lo real de lo falsificado.

Por el bosque de la Alhambra, Carolina Molina, fue alternando curiosidades con costumbres del s. XVIII, llegando ya al Carmen de los Mártires en donde era obligada una foto de grupo junto a Carlos III, es decir, Carolus.




domingo, 5 de marzo de 2017

PRESENTACIÓN DE "CAROLUS" Y RUTA HISTÓRICO LITERARIA


CAROLINA MOLINA, NUESTRA QUERIDA CODIRECTORA Y VICEPRESIDENTA DE NOVELHIS, PRESENTARÁ EL PRÓXIMO JUEVES, 9 DE MARZO, A LAS 19:30, EN EL CUARTO REAL DE SANTO DOMINGO SU NUEVA NOVELA: "CAROLUS". 
EL SÁBADO 11 DE MARZO GUIARÁ UNA RUTA POR LOS ESCENARIOS GRANADINOS DE "CAROLUS". 
¡ESTÁIS TODOS INVITADOS!

NOVELHIS.






martes, 28 de febrero de 2017

LA BATALLA DE CERIÑOLA

Un artículo de Alejandro Ronda, licenciado en Geografía y autor de “El falso caballero”.

En el marco de la Segunda Guerra de Nápoles entre Francia y la Monarquía Hispánica, Luis de Armagnac, duque de Nemours, había arrinconado a Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, en la ciudad costera de Barletta, al sur de Italia.
Corría el año 1502 y los españoles estaban en clara inferioridad numérica, por lo que, mientras esperaban refuerzos, se dedicaban a realizar correrías, escaramuzas y duelos individuales entre sus caballeros y los de los franceses. Una sucesión de pequeñas victorias españolas permitió la llegada de 600 jinetes y 2.000 infantes gallegos y asturianos y, posteriormente, 2.000 lansquenetes, mercenarios alemanes, enviados por Maximiliano I, incrementando la fuerza española pero creando una situación casi insostenible en la ciudad debido a la escasez de provisiones. El 26 de abril de 1503 el consejo de guerra decidió salir a campo abierto en busca de un enfrentamiento directo con los franceses, algo con lo que Gonzalo tenía sus reticencias, ya que aún estaba en inferioridad numérica con el ejército del duque de Nemours. Finalmente, el Gran Capitán resolvió trasladarse al cercano pueblo de Ceriñola, situado en una colina y por tanto de fácil defensa, pero en la que había una guarnición francesa.

El traslado se hizo al día siguiente bajo el abrasador sol de Apulia, lo que provocó el rápido cansancio de la infantería, sobre todo la alemana, y el consecuente retraso en la marcha. Entretanto, las noticias de la temeraria acción llegaron a Canosa, a medio camino entre Barletta y Ceriñola, donde acampaban los franceses, y Nemours ordenó salirles al paso. Para acelerar la marcha, Gonzalo dictaminó que cada caballero llevara consigo a un infante en su caballo, algo que contravenía el honor de estos, pero que el Gran Capitán solventó dando ejemplo él mismo. 

Aquella decisiva acción dio tiempo para mejorar la defensa que ofrecía la colina de Ceriñola, repleta de viñedos, con la construcción de un foso y un muro y la colocación de numerosas estacas justo antes de la llegada del gran ejército francés.

En la tarde del 27 de abril de 1503 ambos ejércitos se dispusieron para la batalla.

En la vanguardia francesa formaban 800 hombres de armas, al mando del duque de Nemours. Tras ellos iban 3.500 piqueros suizos mercenarios, al mando de Chadieu, seguidos inmediatamente por unos3.000 o 3.500 infantes franceses, gascones principalmente. Finalmente,detrás de todos y orientada hacia el flanco izquierdo, estaba la caballería ligera, unos 1.100 hombres al mando de Yves d’Alègre. Esta disposición en grandes bloques, con un claro protagonismo de la carga frontal de caballería y gran número de mercenarios, indicaba una táctica aún anclada en la Edad Media, que sin embargo contrastaba con el gran número de artillería, 26 piezas colocadas delante de la infantería, y su calidad, la más avanzada de Europa. En total unos 8.500 o 9.000 hombres.

Por su parte, Gonzalo colocó a sus arcabuceros, con los que contaban en gran número para la época, en dos grupos de 500 hombres en primera línea y protegidos por el foso. Tras ellos, en el centro, los 2.000 lansquenetes; y flanqueando a estos dos grupos de infantería española de algo menos de 2.000 hombres cada uno. En las alas se dispuso a sendos grupos de 500 jinetes ligeros cada uno y sobre la colina a las 13 piezas de artillería junto a los algo más de 600 hombres de armas capitaneados por el propio Gonzalo, lugar desde el que podía visualizar la totalidad de la batalla que estaba a punto de desatarse. Alrededor de 6.500 hombres en total, con lo que la inferioridad numérica era patente, sobre todo en caballería pesada, el arma que había definido la guerra europea hasta aquel entonces.

Sin demasiados preámbulos dio comienzo la batalla con la brutal carga de los hombres de armas franceses,lanzas en ristre,que,sin embargo,se vieron frenados bruscamente por las descargas de artillería y arcabuces españolas y por las defensas de estacas que se habían preparado a tal efecto. Tras muchas bajas, los franceses lograron reagruparse y trataron de ganar el flanco derecho, intentando encontrar una brecha por la que cargar, hasta que nuevamente, ahora de forma definitiva, fueron repelidos por los arcabuceros. 

En aquel instante los carros de pólvora españoles estallaron sin que el motivo haya quedado del todo claro, pero dejando inutilizada a la artillería para el resto de la batalla.

Tras el desastroso ataque de la caballería, Chandieu ordenó avanzar a sus suizos y al resto de la infantería, que no sin sufrimiento lograron poner en peligro a la vanguardia española. Es entonces cuando Gonzalo manda replegar a los arcabuceros al tiempo que cargaron los lansquenetes, frenando en seco a los afamados suizos, que fueron inesperadamente rodeados por los hombres de armas bajo el mando de Gonzalo. Las líneas suizas fueron colapsadas y la moral de todo el ejército se derrumbó, comenzando una huida sin orden hacia el campamento. El Gran Capitán ordenó entonces a todas sus tropas salir de las posiciones defensivas y cargar contra el enemigo, quedando los españoles dueños del campo de batalla.

3.700 franceses cayeron aquella tarde, incluidos el duque de Nemours, Chandieu y gran cantidad de caballeros, y 800 fueron hechos prisioneros, y hubieran sido muchos más si la noche no hubiera estado tan cercana. A estos hay que sumar los 300 hombres de la guarnición francesa del castillo de Ceriñola que se rindieron al día siguiente. Por su parte, las bajas del ejército español fueron escasas, apenas unas 100. Una victoria aplastante y sin paliativos. 

Más allá de las inmediatas consecuencias de la batalla, como fue el repliegue francés y la toma de la iniciativa de la guerra por parte de los españoles, Ceriñola marca el inicio de una nueva era en el arte de la guerra. El Gran Capitán dio definitivamente el papel principal a la infantería (hecho que perduraría hasta la Primera Guerra Mundial), mejorando su maniobrabilidad creando las coronelías (antecesoras de los tercios) y aumentando el número de armas de fuego. Además resucitó la importancia de la elección de un campo de batalla adecuado, la preparación del mismo y eliminó la concepción del ataque de choque, cambiándolo por una táctica de defensa-ataque, más acorde con las nuevas armas. La caballería pasaría ahora a tareas de reconocimiento, hostigamiento y persecución, para lo cual se equipó mejorando su velocidad y maniobrabilidad. 

La guerra había cambiado definitivamente de Era y la corona española se situaba a la cabeza de la misma de la mano de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán.





domingo, 12 de febrero de 2017

LA CONSTRUCCIÓN DE SANTA SOFÍA

Un artículo de Blas Malo Poyatos.

¡Niká! ¡Niká! ¡Victoria!

Con este grito Constantinopla despertó sumida en la violencia. Una violenta turba recorre las calles de la capital del imperio bizantino. Los alborotadores apoyan a las facciones de cuadrigas que dominan la ciudad, con barrios enteros, familias y gremios divididos entre los Verdes y los Azules, y contra el emperador. 

Todo se descontrola cuando ambas facciones llegan a las manos. Miles de alborotadores se adueñan de las calles, saqueando y quemando todo lo que encuentran a su paso. Tras tan solo cinco años de reinado, Justiniano, el nuevo soberano del imperio romano de Oriente, se enfrenta a un serio desafío que amenaza su derecho al trono. Es una rebelión del pueblo que, resentido por los altos impuestos para pagar sus sueños de grandeza, quiere derrocarlo. Es enero del año 532.
Sus generales Belisario y Narsés reprimieron la revuelta violentamente. Volvió una tensa calma. 

Los disturbios y el fuego destruyeron la antigua catedral. Y ello dio una gran oportunidad al ambicioso emperador, ansioso de dejar su impronta en la ciudad para toda la eternidad. Renovatio imperii. La Restauración del Imperio. Occidente estaba perdido en manos de los bárbaros. Roma aún lloraba sangre por su relevancia perdida. La ambición de Justiniano iba más allá de la capital bizantina. Deseó reavivar la gloria de la antigua Roma, extendiendo Bizancio por todo el Mar Mediterráneo. Desde Constantinopla reorganizó y rearmó al ejército. Reconstruyó carreteras, fortalezas y ciudades. Y edificó decenas de iglesias a lo largo de su imperio.

Su nueva catedral debía ser la más espléndida y magnífica, y debía construirse con rapidez: deseaba consagrarla en vida y él ya tenía 50 años. 

Así, en febrero de 532 comenzaron las labores de desescombro y limpieza del solar, tan solo un mes después de su destrucción. ¿El motivo? Justiniano necesitaba un gran gesto público para restaurar la confianza en su reinado. Quería evitar que su pueblo se rebelara de nuevo. Y una gran obra de construcción, igual hoy que entonces, es una excelente forma de mantener ocupadas miles de manos paradas. 

Recurrió a dos hombres, dos eruditos de la Ciencia de la Mecánica, para erigir su sueño: Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto. Ninguno era arquitecto pero estaban convencidos de poseer las aptitudes necesarias para la tarea. Tras explicarles sus propósitos, las palabras de Justiniano fueron dos órdenes claras, precisas e inquietantes:

—Uno, haced que éste sea el edificio más espectacular del mundo; y dos, hacedlo rápido.Y les dio cinco años para hacerlo. Nada más.

La planta del diseño de la catedral de Santa Sofía es sencilla. Tenían la idea, crearían un gigantesco espacio central cuadrado de 31x31 m, delimitado por cuatro grandes pilares que sustentarían toda la estructura. Este espacio estaría flanqueado por pasillos y galerías laterales, y coronado por una espléndida cúpula. Construirla llevó a la ingeniería romana a superar sus límites.

Para la enorme cúpula, de 31 m diámetro y 56 m de altura, se necesitaban materiales ligeros, o sería demasiado pesada para que la estructura la soportara. Para el Panteón de Agripa, en Roma, se usó puzolana, un cemento natural ligero creado con cenizas volcánicas que se hallan en Italia y que son mezcladas con cal viva y agua. Pero no hay tales cenizas en Oriente. Había que buscar un sustituto para hacer una estructura ligera y resistente. Constantinopla es, además, zona sísmica.

Además, debían ubicar la cúpula circular sobre la base cuadrada del espacio delimitado por pilares. Un círculo apoyado sobre un cuadrado. La solución fue apoyarla sobre la parte central de 4 enormes arcos de 31 m levantados sobre pilares. Pero esos cuatro puntos de apoyo no eran suficientes. Para incrementar la base de apoyo, entre arco y arco, como gajos de naranja, se diseñaron pechinas triangulares cóncavas que redirigían el peso de la cúpula hacia los pilares, evitando además la tendencia de los arcos a abrirse por el efecto del peso de la cúpula.

Para cumplir el sueño de Justiniano de construir la mayor cúpula jamás vista, esos cuatro arcos serían formidables. Pero los enormes esfuerzos en la base de los arcos tenderían a abrirlos, peligrando la estructura. 

La solución fue añadir dos semicúpulas adicionales en cada extremo de la nave, que se proyectan desde los arcos de apoyo desde la cúpula, aumentando la luz de la nave hasta los 140 metros sin aumentar la separación entre pilares. 

Aún debían encontrar un sustituto de la puzolana. Antemio e Isidoro lo encontraron en Rodas. Desde allí llevaron todos los ladrillos para su edificio. El secreto es la composición química de su arcilla y su cocción. Los ladrillos de Rodas, cocidos a menos de 800 °C en vez de 1400 °C que es lo habitual, tenían muchos más poros, eran ladrillos tan ligeros como la piedra pómez. De hecho, flotarían si se lanzaran al agua. La argamasa para colocarlos, además, contendría mucho ladrillo machacado y las llagas serían muy anchas, tanto o más que el ancho del ladrillo. Al fraguar, la adherencia sería así muy fuerte.

Pero todavía debían aligerar aún más la estructura. Dentro de la catedral hay pasillos y galerías, y la distribución de las arcadas no es casual. Muchas corresponden a los aligeramientos en los cuatro enormes contrafuertes tras los cuatro pilares, aligerados por medio de arcos. Estos canalizan los empujes de la cúpula al suelo, absorbiendo el peso de la parte superior. Pero cometieron un error. Los aligeramientos debilitaron los contrafuertes.

Para construir Santa Sofía, se emplearon dos equipos de 5.000 trabajadores, compitiendo entre sí, cada uno dirigido por 50 patrones. Cada patrón tenía 100 obreros a su cargo. Un ejército de servidores ordenaba los acopios, dirigían los carros desde los puertos de la ciudad a la zona en obras y cocían cal para preparar la argamasa. Los hornos funcionaban noche y día.


La Renovatio imperii, con ejércitos triunfantes en Persia, África, Italia e Hispania, era una empresa onerosa, y el tesoro imperial no era infinito. Había que ahorrar. Como no daba tiempo a tallar las enormes columnas que pedía Justiniano para adornar el interior de su catedral y era un proceso muy caro, se expoliaron y se llevaron columnas de otras construcciones de todo el imperio, y eso influyó en el diseño interior. Reutilizando columnas expoliadas y rediseñando los pasillos y galerías redujeron la carga de trabajo en un 20%, ahorrando tiempo y dinero. Con cada paso, los dos ingenieros intentaron soluciones para ahorrar costes y reducir tiempo. Pero cuando llegaron al nivel de la cúpula, los errores asomaron.

Comenzaron a trabajar en la cúpula en el 535, el tercer año de la construcción. Para subir al nivel de la cúpula levantaron una cimbra enorme de madera para los arcos y la cúpula sobre la que colocar ladrillos y argamasa. Nunca se había construido algo así. El peso de los arcos a medida que se elevaban empezó a afectar a los pilares. Se agrietaron peligrosamente, amenazando con una gran catástrofe. La solución fue realizar arcos de refuerzo en los aligeramientos de los contrafuertes. No fue suficiente. Siguieron agrietándose. Entonces, a regañadientes, añadieron altura a los contrafuertes, macizándolos, para dar mayor peso y estabilidad. Tampoco fue suficiente: las columnas de las arcadas interiores comenzaron a inclinarse por los empujes hacia el exterior. La solución desesperada fue añadir proyecciones de esos contrafuertes internos, añadiendo más contrafuertes hacia el exterior de la estructura, para garantizar la estabilidad, pero el daño ya estaba hecho. La base sobre la que se apoyaría la cúpula ya no sería cuadrada.

Sería cúpula elíptica. Pero ya no podían darle tanta altura. Decidieron que apoyaría sobre un cilindro previo, que a su vez, con ventanales, daría luz al interior del recinto. Pero la distribución de esfuerzos ya no era uniforme. Habían pasado 4 años de obra, el emperador estaba impaciente y visitaba la obra con frecuencia, exasperado. Antemio muere en el año 534. Isidoro de Mileto se queda solo al cargo de toda la obra y reduce la profundidad de la cúpula al mínimo, para disminuir al máximo los pesos.

La decoración actual de Santa Sofía es magnífica, pero en época de Justiniano todo fue más austero, el dinero se agotaba, en vez de mosaicos laboriosos y caros se colocaron simples cruces sobre un fondo dorado. Cuanto más simple fuera la decoración, antes se terminaría y Justiniano no quería esperar más. Los ritmos de la obra se apresuraron, sin importar los accidentes, sin importar las excusas. El emperador quería resultados, no palabras.

El 27 de diciembre de 537 se inauguró la catedral, con una magnífica procesión. Justiniano admiró la cúpula y dijo palabras para la eternidad.

—Gloria a Dios por permitirme completar esta obra. Salomón, te he superado.

Pero en el mismo día de su inauguración, Justiniano fue testigo preocupado de la precaria naturaleza de su monumento, levantado en sólo 5 años. Caía polvo desde los arcos y las galerías crujían. El peso del edificio era tal, que estaba provocando que se descascarillase la parte superior de las columnas de mármol.

El día 14 de diciembre 557 un potente terremoto sacudió Constantinopla y provocó graves grietas en la cúpula. Para acceder y repararlas se construyeron cuatro grandes escaleras de caracol en el borde exterior de los pilares. En mitad del proceso, el 7 de mayo de 558, parte de la cúpula se derrumbó sobre el santuario. Justiniano, de 75 años, aún enérgico y ambicioso, ordenó su inmediata reconstrucción. La tarea recayó en Isidoro el Joven, sobrino de Isidoro de Mileto, ya muerto. Todos los recursos del imperio se pusieron a su disposición.

El joven Isidoro examinó el problema y dedujo acertadamente que el cilindro sobre el que apoyaba la cúpula era el responsable de un desequilibrio de fuerzas, acentuado por el terremoto. Lo eliminó y aumentó la convexidad de la cúpula, apoyándola directamente sobre el centro de los arcos y sobre las pechinas. Acertó. Quizás, sin embargo, la mejor decisión de Isidoro el Joven fuera tomarse su tiempo: tardó 4 años en construir la nueva cúpula, más de 2/3 del tiempo de sus predecesores en construir toda la catedral. No asumió ningún riesgo: el andamiaje de la cúpula no se retiró hasta un año después de su terminación, permitiendo que la argamasa fraguase de forma conveniente. Con todo, Justiniano pudo asistir en el 562, con 79 años, a la segunda consagración del edificio. 

La cúpula ha resistido más de 1400 años. La construcción es, además, a prueba de terremotos. Para permitir que el material se agrietara y disipara tensiones, se añadieron numerosas ventanas en los muros, se colocaron amortiguadores en las columnas (formados por placas de plomo en capiteles y bases de columnas), y al emplear argamasa con arena sin sal de río y cal viva, se formaba silicato de calcio, con capacidad para cerrar grietas a largo plazo, es decir, actuaba como un cemento sismoresistente.


En 1453, los otomanos tomaron la ciudad y la renombraron como Estambul. Añadieron cuatro minaretes al Santo edificio y recrecieron sus contrafuertes, dando forma a su estado actual, como mezquita.

Con Santa Sofía, Justiniano logró su mayor triunfo: hacerse inmortal.



Para saber más:


Felip, Salvador, (2010) El sueño de Justiniano, Madrid, España. Ediciones B






(Artículo por Blas Malo Poyatos, publicado en la revista AZVI INFORMA nº11, Diciembre 2016)




domingo, 5 de febrero de 2017

UNA HISTORIA ROMANA

Un artículo de Carlos Martínez Carrasco, profesor de Historia Medieval de la Universidad de Granada y del Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas.

Hay pocas ciudades cargadas de tanta Historia, que rezumen acontecimientos y personajes en cada esquina y al mismo tiempo representen un símbolo de lo que somos como sociedad. Ese carácter sólo lo tienen dos de ellas. Una es Atenas, la otra, Roma. Y caería en el tópico si reiterara el carácter fundamental de lo que ambas representan para el mundo occidental, para nosotros. La Roma de los Césares o la Roma de los Papas durante el Renacimiento, ha ocupado un lugar privilegiado en la memoria colectiva. Es el esplendor de los grandes edificios públicos, de las suntuosas iglesias y los palacios. La ciudad de Roma se convierte en escenario de aventuras, de intrigas palaciegas de Borgias, Julios II, Claudios y Mesalinas, Trajanos y Escipiones, incluso en lugar de acogida para el granadino León el Africano.

Son dos períodos, la Antigüedad y el Renacimiento, que aparecen siempre desconectados, dejando entremedias un vacío. Como si durante mil años, la Historia hubiera hecho un alto en el camino, bordeando la ciudad de Roma. Como si el medievo no existiera. Salvo algunos hitos, como los enfrentamientos entre el Imperio y el Papado o los cismas, la Urbe desaparece engullida por el marasmo de acontecimientos que agitan el Occidente europeo; un mapa fragmentado cuyas piezas se hallan enfrentadas entre sí, peleando por una herencia muy diluida. Una época oscura en la que hay lugar para un Synodus Horrenda, el Sínodo del Terror, presidido por el cadáver de un papa al que sus enemigos sacaron de su tumba para juzgarlo y deponerlo. Se trataba del primer acto de la Edad de Hierro del Papado, un período oscuro para el que apenas sí se han conservado fuentes, en el que la ciudad experimentó los efectos de las luchas sin cuartel entre la nobleza feudal. Cada bandería trataba de elevar al solio pontificio a su propio candidato, que duraba lo que duraba la hegemonía militar y política de sus protectores.

Inestabilidad. Anarquía. Violencia. Nada distinto de lo que estaba pasando en otros lugares de la Pars Occidentalis durante la Edad Media. Y sin embargo, ese mismo clima, en un entorno tan dividido y con el legado histórico y cultural que atesoraba, convertían a Italia en general y a Roma en particular en un microcosmos específico. En las ciudades-Estado, el patriciado urbano que las gobernaba o luchaba contra la aristocracia por hacerlo, necesitaba de nuevos modelos de organización política. Resucitar la idea de la Roma republicana era la única escapatoria posible frente a la arbitrariedad feudal y la costumbre cambiante. Fue toda una revolución la que se puso en marcha, cuestionando el orden establecido que representa la escolástica tomista y el aristotelismo, con avances y retrocesos en el proceso. Un movimiento que se pone en marcha justo antes de que se desate la gran crisis, la Peste Negra.

Pero poner en entredicho los pilares fundamentales sobre los que se asentaba la sociedad feudal no haría sino sacar a la luz profundas desigualdades. Al pueblo llano, a los popolani, el pasado romano también les brindaba la oportunidad de ver mejorada su situación. Hombres que habían leído los clásicos, muchos de ellos autodidactas, se vieron en la necesidad de pasar a la acción y entrar en el terreno de la política. Roma iba a ver de nuevo cómo se elegía a un tribuno de la plebe en la figura de Cola de Rienzo, aclamado por el pueblo el día Pentecostés de 1347. Era la única respuesta posible al vacío de poder existente desde que a comienzos de la centuria los Papas fijaran su residencia en Aviñón y la ciudad quedara –una vez más– librada a las ambiciones de las grandes familias aristocráticas, los Colonna y los Orsini. Pero no pensemos que se trató de un golpe de mano de los estratos más bajos. A pesar de sus orígenes humildes, de los que no renegaba, Cola había logrado hacerse notario después de casarse con la hija de uno de ellos, y su régimen estuvo apoyado en un primer momento por la gentilezza romana, formada por la mediana y baja nobleza y los comerciantes. Los unía más el odio a la gran aristocracia terrateniente que las simpatías por el pueblo llano.

La vuelta al pasado pretende simbolizar una purificación, el remedio definitivo contra los males de la sociedad. El mito de una Edad de Oro idílica está presente en todas las etapas de la Historia y muy pocas veces ha sido contestado. Una de las pocas voces que se levantó contra esa utopía fue femenina, la de Cristina de Pizán que prefiere el orden social al orden natural, presentando el progreso como algo positivo. Ella mejor que nadie, por su condición de mujer culta, sabía de los errores de abandonarse a un pasado idealizado. Con Cola de Rienzo resucitaba en la Baja Edad Media el rigorismo republicano de Catón el Viejo y las ansias reformistas de los Gracos, mezclados con el mesianismo igualitario de los franciscanos de tendencia espiritual, bendecido por el apoyo de su amigo Petrarca. Este fenómeno al mismo tiempo político y social que alumbró Roma, es fruto de su época pero también algo novedoso por todo lo que implicó, ya que suponía mezclar las esperanzas escatológicas propias del cristianismo con el orden romano. Como si el ideario de la República culminara con el advenimiento del Reino de Dios. Una extraña amalgama de ritos paganos y cristianos como la que se vio en su coronación, que levantó ampollas tanto entre algunos de sus partidarios como entre sus enemigos.

Pero lo que para muchos no era sino una burda pantomima, en realidad demostraba un conocimiento por parte de De Rienzo de toda una serie de códigos simbólicos. Su séptuple coronación con siete coronas de diversos materiales venía a significar un elemento diferente. Sin embargo, tales referencias no eran entendidas por quien era su principal destinatario: el pueblo llano e iletrado, al que comenzaba a hartar la jerga empleada por Cola, plagada de referencias ininteligibles para ellos, a pesar de sus dotes de demagogo, de conductor del pueblo. A todos les pasó desapercibido el simbolismo que tenía hacer del Capitolio el centro de su «gobierno popular», más allá de asistir con regocijo a las humillaciones de la aristocracia terrateniente que tenían lugar en ese escenario. Sólo Cola de Rienzo recordaba cómo la plebe romana, en su lucha por alcanzar derechos políticos contra los patricios, se habían retirado al Aventino. La ocupación del Capitolio por parte de los popolari del siglo xiv pretendía poner de relieve la vuelta del pueblo llano al gobierno de la ciudad.

El sueño de la utopía produce monstruos y aunque los modelos que pretendió imitar Cola en su gobierno fueron Catón y los Gracos, no pudo evitar acabar siendo como el impredecible Publio Clodio, también tribuno de la plebe. Una revuelta en apariencia popular aunque auspiciada por sus enemigos, los Colonna y los Orsini, acabaría derribándolo con la aquiescencia de un pueblo que se había visto defraudado en sus expectativas. Cola de Rienzo no moriría aún, pero su sueño de restaurar la República como el Paraíso en la Tierra quedaría como uno de tantos experimentos sociales que habrá a lo largo de la Historia por volver a un estado de primitiva igualdad: una bonita causa perdida por la que luchar antes de que se corrompa.






viernes, 27 de enero de 2017

GABRIEL POZO FELGUERA NOS HABLA SOBRE SU NOVELA: EL EVANGELIO DE LA ALHAMBRA

HOY NOS PRESENTA SU OBRA… GABRIEL POZO FELGUERA

1) Este cuestionario lo leerán muchas personas, algunas no te conocerán. Preséntate a tus nuevos lectores.

Soy curioso y ávido lector, especialmente de todo tipo de Historia, y de muchas historias. Con preferencia por la narrativa histórica. Y, más concretamente, con todo lo relacionado con épocas Medieval y territorio Al-Andalus. Y Granada, por supuesto. 

También ratoncillo de librerías, bibliotecas y archivos. 

He trabajado en periodismo durante un cuarto de siglo, hago guiones para documentales históricos y gestioné dos instituciones culturales bancarias. 

Ahora soy aficionado juntaletras y procuro escribir y divulgar episodios de la historia relacionada con Granada y su entorno.

2) ¿Cómo se llama tu nueva novela?

El Evangelio de la Alhambra.


3) Dinos, lo más resumido que puedas, cuál es el tema central de tu novela, en qué tiempo se desarrolla y qué has querido transmitir con ella.

Narra los esfuerzos del pueblo morisco granadino (y español por extensión) durante todo el siglo XVI y principios del XVII por mantener sus derechos como minoría cultural, étnica y religiosa. 

Quiero resaltar la intransigencia social y religiosa que acabó en un genocidio por parte de unos españoles que se llamaban cristianos viejos frente a otros vecinos que tenían otras formas de expresar sus costumbres.

4) ¿Se ha publicado en papel o en digital? Dinos con qué editoriales y no dudes en poner su página web para que podamos conocerlas.

Ha salido en papel, muy bien maquetada y presentada. Se completa con un apéndice documenta y gráfico (en color).

La publica editorial Atrio, wwe.editorialatrio.es, https://www.facebook.com/Editorial-ATRIO-795935120513674/?fref=ts

5) Los autores nos encariñamos con nuestros personajes. Háblanos de ellos y dinos cuál es tu preferido.

En este caso es María Ana del Castillo y Montiel. Es el hilo conductor de toda la narración, ya que es hija del principal ideólogo del asunto del Pergamino de la Torre Turpiana, de los Libros Plúmbeos del Sacromonte y del Evangelio de Bernabé. María Ana fue también la esposa del “compinche” Miguel de Luna y madre del último protagonista de la saga, el médico Alonso de Luna y del Castillo.

6) Las ideas surgen como chispas, a veces nos vienen cuando menos nos lo esperamos. ¿De dónde partió la idea de escribir esta historia?

El tema de la sociedad dual granadina (musulmana y cristiana del XVI) y el enconamiento de sus relaciones me ha interesado desde siempre. He publicado algunas cosas sueltas. Un día, tras el Congreso de Moriscos de 2009 en Granada, di por casualidad con la ficha censal del morisco Alonso del Castillo, en el Archivo de Simancas. Tenía, efectivamente, una hija llamada María, de cuya existencia se ha dudado hasta ahora para emparentarlo con Miguel de Luna. Tiempo atrás, un amigo me dijo que guardaba una tabla con una frase de la biblia que estuvo en la Mezquita mayor de la Alhambra; me extrañó, pero al unir cabos, surgió la chispa.

7) La novela histórica es un trabajo muy arduo. ¿Cuánto tiempo te llevó documentarte y recopilar todos los datos suficientes para desarrollarla?

Por lo general, cuando investigo en alguna fuente, voy haciendo fichas y tomando referencias de diversos temas. Lo guardo y anoto todo. Pero cuando decido centrarme en un libro, tengo parte del trabajo hecho, además de buscar nueva documentación. Unos libros los documenté en medio año, otros llevo toda la vida documentándolos y no sé si algún día los escribiré. Cuando escribo, soy muy metódico, decido ocho o diez horas al día. Prefiero escribir los días nublados o lluviosos. Por eso ahora no puedo escribir. Tendré que mudarme al Norte, jejejé…

8) ¿Qué fue lo más anecdótico que te encontraste en esta documentación?

Además de la ficha censal de la familia de Alonso del Castillo (de 1561), conocer que en el cuadro que representa el Bautismo de San Cecilio (que es la portada del libro), es un alegoría a la mistificación de la sociedad dual española del siglo XVI, lo que querían alcanzar las autoridades civiles y religiosas del momento. 

Pues en ese cuadro las caras son de personajes reales del momento; en él están representadas personas que tuvieron mucho que ver con las invenciones del Pergamino y los Evangelios del Sacro Monte.

9) ¿Por qué crees que esta novela merece ser leída?

Porque se podrán conocer enfoques distintos al origen del problema morisco, los inventos de cristianos viejos por demostrar el pedigrí del cristianismo en la romana Hispania, la credulidad de Felipe II, los deseos de predestinación del arzobispo Pedro de Castro. Cómo la Contrarreforma fue muy perjudicial para los vecinos moriscos de las Españas.

10) Déjanos abrir boca. ¿Nos permites leer un trocito de ella? 

(Adjunto el proemio con que empieza el libro, en 1502)

Granada. 23 de febrero de 1502 

Una nube de humo y olvido cubrió Granada. El joven Alonso apretó el paso en dirección a la Alhambra aquella fresca mañana. La hoguera de Bib-Rambla todavía humeaba. Y lo seguiría haciendo durante muchos días más. Mientras hubiese libros islámicos para alimentar las llamas. 

Nunca pensó que el cardenal Cisneros sería capaz de cometer tamaña barbaridad. Sin duda, el mayor de los crímenes que se puede infligir a la memoria de un pueblo. Nada menos que enviar a la hoguera todos los libros de los musulmanes del Reino de Granada. Menos los que le interesó para sí por ser de medicina o tratados de hierbas. Alonso no sabría calcular cuántos manuscritos formaban la inmensa pira de la plaza del Arenal, junto a la puerta de la Rambla. Vio a no menos de dos centenares de soldados de los muy católicos reyes Isabel y Fernando apilarlos con carretillas atestadas. Allí vertieron más de diez mil libros la primera noche. Tan sólo de su Madrasa, la universidad del Reino, extrajeron cuatro mil. Con indignidad, como se saca a un asesino de su guarida, porque el Cardenal dijo que había que poner fin al origen del mal. Y el pecado no era otro que los libros arábigos. La memoria de un pueblo allí conservada durante ocho siglos. 

Los alfaquíes lloraban desde meses atrás, cuando les había obligado a entregar los libros de sus mezquitas. El cardenal gobernador fue implacable, ni un solo libro debía sustraerse a su examen. ¡Ay de aquél que se atreviera a esconder un solo ejemplar en sus alacenas! Sus soldados revisaron, casi durante dos años, cada una de las casas sospechosas de tener tomos árabes. Fomentó la delación entre vecinos para llegar hasta el último emparedamiento. 

Por eso, aquella madrugada Alonso no había podido pegar ojo en espera de las primeras luces del amanecer. Le entró miedo al ver que Cisneros no se andaba por las ramas. Éste no era como el santo alfaquí Talavera. Era el demonio en persona. Se había propuesto acabar con la fe, el habla y la escritura de los mahometanos, y estaba dispuesto a conseguirlo a fuego y sangre. La llama ya la había prendido; seguro que la sangre correría después. Con la quema de todos los libros arábigos en la plaza de la Rambla pretendía que el olvido triunfase sobre la memoria. Deseaba desunir a un pueblo vencido hacía sólo ocho años y evitar que sus futuras generaciones trascendieran y se perpetuaran a través de su memoria. Muerta la memoria, moriría también el pueblo. 

Alonso había guardado en su casa aquellos dos libros que hablaban de religión. Los tenía en préstamo. Los sacó de la biblioteca de la universidad, la Madrasa, precisamente la misma mañana que los soldados de Cisneros la violentaron para llevarse todos los libros. El pretexto era examinarlos por parte de la poderosa clerecía. Pero bien sabía que jamás volverían a sus estantes. Al principio pensó que la Madrasa, la Escuela de Cánones y Filosofía donde él trabajaba, sería reabierta y devuelta su biblioteca. Pero de eso hacía ya dos años y se temía el peor de los finales. Había rumores de que el cardenal sentía mucha envidia por el gran nivel de la universidad arábiga fundada por el emir Yusuf I, hacía ya más de ciento cincuenta años. Y que la mayoría de manuscritos iban camino de Alcalá. Decían más: Cisneros se lamentaba del gran número y calidad de los libros del Reino de Granada, hechos del mejor papel, cuando en Castilla apenas si existía el papel y sólo se usaba el incómodo y caro pergamino. La alcaná de Granada estaba llena de tiendas de papel y librerías. 

Alonso ibn Bannigas era cristiano converso desde antes de la conquista de Granada. Todo su clan, el del príncipe Cidi Hiaya, se había puesto al servicio de los Reyes Católicos en 1490, mantenían prebendas y honores en la corte de Castilla. Él, a sus veinticinco años, ocupaba un cargo de alta responsabilidad en la Madrasa. Por eso le dolía más lo que estaba ocurriendo en Granada tan sólo ocho años después de firmar capitulaciones. Cisneros estaba incumpliendo todo lo pactado. Deseaba acabar con la fe y la cultura de su pueblo. Porque, a pesar de haber abrazado el cristianismo, a nadie se le escapaba que los príncipes musulmanes lo habían hecho para mantener propiedades y honores de los reyes de Castilla. En el fondo de su corazón seguían practicando la taqyya. 

Granada seguía cubriéndose de humo y olvido aquella mañana de febrero cuando Alonso salió de su palacio. Descendió calle abajo, con los dos libros bien escondidos en un zurrón. Pasó por la puerta de la mezquita de los morabitinos, que permanecía abierta sin que nadie se atreviera a entrar desde muchos meses atrás. Salió por el arco de la Alcazaba vieja y giró a la izquierda en busca del puente de la Ciudadela. Otros lo llamaban del Cadí, en honor del alcaide zirí que lo había construido muchos siglos atrás. Alonso padecía vértigo y no se atrevía a mirar abajo, al lecho del río Dauro, cuando atravesaba este altísimo puente que une el Albayzín con la Alhambra. Peor aún: su miedo le hacía caminar por el centro del enlosado, sin ni siquiera acercarse a los pretiles de piedra que protegen sus extremos. 

El encargado de la Escuela de Cánones de la Madrasa subió a zancadas la rampa escalonada que conduce desde el puente del Cadí hasta la puerta de las Armas de la Alhambra. Había escarchado por la noche en esta zona tan umbría. Adelantó a dos caballos que sus dueños arrastraban de sus ronzales. Tal es de empinada la cuesta y resbaladizo su empedrado. Nada más entrar a la Alcazaba, en las caballerizas de la derecha, vio que unos soldados ensillaban sus monturas. Quizás se dispusieran a acompañar al alcaide en una de sus salidas. La ciudad estaba muy tensa. A Alonso no le importaba que Don Íñigo López de Mendoza no estuviese en la Alhambra. Mejor aún, así no tendría que darle explicaciones al alcaide. Su intención era disimular los dos libros de su zurrón entre los centenares de manuscritos que concentraba la biblioteca de la Alhambra. Estaba seguro de que hasta allí no llegaría la larga y perversa mano de fuego del cardenal Cisneros. Pero albergaba dudas: La nube de humo y olvido que comenzaba a cubrir el reino moro de Granada ¿sería sólo obra del cardenal o cumpliría órdenes de Isabel y Fernando? 

Alonso Ibn Bannigas se había cambiado recientemente su apellido por otro cristiano. Porque así lo exigió la nueva pragmática real. Ahora se hacía llamar Alonso del Castillo. Por fin alcanzó, ciertamente fatigado por las prisas, la puerta del Vino. Se encaminó a los palacios con la intención de esconder los dos fabulosos libros salvados de la quema en Bib-Rambla. 

Cuando se aproximaba a la Mezquita de la Alhambra se topó de improviso con un pariente lejano, Fernando de las Maderas, que iba a su trabajo… 





martes, 17 de enero de 2017

ISABEL BARCELÓ NOS HABLA SOBRE SU NOVELA: "PERSEO Y LA MIRADA DE MEDUSA"

HOY NOS PRESENTA SU OBRA: ISABEL BARCELÓ CHICO

1) Este cuestionario lo leerán muchas personas, algunas no te conocerán. Preséntate a tus nuevos lectores.

Me apasiona la lectura y la escritura, la antigüedad en general y, en particular, la antigua Roma, cuyas mujeres me atraen especialmente. De ahí el título de mi blog “Mujeres de Roma” (http://mujeresderoma.blogspot.com), en el que brego y disfruto desde hace más de 10 años. Doy conferencias y también he publicado numerosos artículos, relatos y dos novelas: “Dido reina de Cartago” y “La muchacha de Catulo”, además de algunos títulos de la serie de mitología a la que pertenece el libro que os presento hoy y que se publicarán en breve. 

2) ¿Cómo se llama tu nueva novela?

PERSEO Y LA MIRADA DE MEDUSA

3) Dinos, lo más resumido que puedas, cuál es el tema central de tu novela, en qué tiempo se desarrolla y qué has querido transmitir con ella.

La novela se desarrolla en un tiempo mítico, cuando las divinidades influían de manera muy intensa en las vidas de los seres humanos. El eje de esta historia es el destino -que en la antigüedad se consideraba inexorable- , y el tema es el crecimiento personal del héroe, dentro del cual se halla el descubrimiento del amor. Creo que se transmite la vigencia de los mitos y su capacidad para hablarnos de nosotros mismos.

4) ¿Se ha publicado en papel o en digital? Dinos con qué editoriales y no dudes en poner su página web para que podamos conocerlas.

Esta novela corta, y por ciento, con unas encantadoras ilustraciones, se inscribe en una amplia serie coleccionable de mitología clásica, que se publica en papel con el sello de GREDOS y se distribuye en quioscos de toda España. Es factible adquirir poco a poco toda la colección, comprar títulos sueltos y/o títulos atrasados, e incluso, inscribirse para recibirlos directamente en casa. 

Que yo sepa, no está previsto que se publique en digital, al menos de momento.

En esta página web podéis encontrar una explicación más amplia y general acerca de la colección completa. 

5) Los autores nos encariñamos con nuestros personajes. Háblanos de ellos y dinos cuál es tu preferido.

Mi preferido es, sin duda, Perseo, el protagonista. Es un muchacho joven, sin experiencia, cuya propia ingenuidad lo abocará a enfrentarse a un reto casi imposible de superar por un ser humano: cortar la cabeza de Medusa, una criatura monstruosa cuya mirada convierte en piedra a todo aquel que la mira. 

Otro personajes que me gustan mucho son su madre, Dánae, un ejemplo de resistencia y de valentía frente a la adversidad en un mundo regido por los varones y Andrómeda, una criatura amorosa que descubrirá el amor al mismo tiempo que Perseo.


6) Novelar un mito ¿es un trabajo fácil, o es muy arduo? ¿Qué dificultades has encontrado?

Trabajar sobre un mito no es ni más fácil ni más difícil: por una parte te proporciona la historia; por otra, es preciso ser fiel a las fuentes antiguas, completar las lagunas en consonancia con la época, articular el relato e integrar en él “lo maravilloso” sin que la historia pierda plausibilidad. 

En mi caso, la labor creativa y literaria es buscar en mí misma a esos personajes y, cuando los descubro, tratar de transmitir los sentimientos, los desafíos, los miedos a los que se enfrentan y han de superar. A mi parecer, el mito es, fundamentalmente, emoción, porque va dirigido a lo más profundo de nosotros, como individuos y como cultura, y puede tocar una fibra cuyo cabo inicial se pierde en la noche de los tiempos. El reto es hacer que el lector actual vibre con esos personajes, los sienta próximos y sepa que también están dentro de él. 

7) ¿Por qué crees que esta novela merece ser leída?

Porque su tema es universal. Todos los seres humanos tenemos nuestros propios monstruos a los que, en algún momento, tendremos que cortar la cabeza. 

8) Déjanos abrir boca. ¿Nos permites leer un trocito de ella? 

“Volaba ya Perseo sobre Etiopía cuando empezó a ver inundaciones y campos desolados. Distinguió luego una magnífica ciudad. En su playa, junto a una roca que penetraba en el mar, se congregaba una muchedumbre. Una figura blanca, quieta como una estatua, destacaba contra la grisura de la roca, a mitad de la escarpa. La curiosidad lo incitó a descender e ir más despacio. Su mirada no halló una dura piedra, como esperaba, sino a una bellísima joven de piel dorada y mórbida. Sus largos cabellos, alborotados por la brisa, lo mismo cubrían que destapaban la curva dulce de sus hombros y uno de sus senos, pues la túnica se le había deslizado por la parte izquierda. Aunque su recato le exigiera taparse, le sería imposible, ya que sus muñecas estaban amarradas por argollas. Toda ella emanaba juventud, pudor y belleza. Aunque no veía su rostro, pues la muchacha miraba hacia el suelo, el dios del amor, el divino Eros, aprisionó el corazón de Perseo con más fuerza que las cadenas que a ella la retenían. Quedó tan enamorado y se sumió en tal embeleso, que se le olvidó batir sus alas y a punto estuvo de precipitarse en el mar.

Cuando Andrómeda, al oír el aleteo, levantó la cabeza para mirarlo, sus grandes ojos velados por las lágrimas, sus labios rosados y jugosos, acabaron de subyugar al muchacho. Ella se estremeció al ver aquel extraño pájaro y bajó la vista. Se posó, al fin, Perseo frente a ella y le preguntó quién era y por qué estaba encadenada. Trababa Andrómeda de ocultar el rostro, por vergüenza, mas la insistencia del joven y el temor a que la creyera culpable de algún horrible crimen, la obligó a responder. Tras explicar los motivos por los que debía satisfacer el apetito de un monstruo, añadió, sonrojándose aún más, que aunque estaba dispuesta al sacrificio por el bien de su patria, temía que el miedo, en el último instante, la incitara a huir. Esa era la razón de las cadenas. Mientras hablaba, se atrevió a mirar dos o tres veces al muchacho volador y también Eros hizo de ella su víctima, pues además de la apostura del joven y el encanto de sus rasgos, Andrómeda vio brillar el amor en sus ojos.”

JORNADAS DE NOVELA HISTÓRICA DE GRANADA

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