martes, 2 de diciembre de 2014

ENTREVISTA A JOSÉ PEDRO CARRIÓN

Por Carolina Molina


José Pedro Carrión es puro teatro. Su aspecto serio y voz penetrante abruma y más con su interpretación de Louis de Tremoille de la serie Isabel, donde da vida al consejero del rey de Francia. Sin embargo es todo ficción, no hay más que ver la foto de su perfil de Facebook en la que aparece con una nariz de payaso, porque José Pedro es muchas cosas al tiempo: un rey y un bufón, un Shylock o un Don Juan, un predicador o un Cyrano. A todo se atreve porque recursos no le faltan. Tiene una larga lista de premios: MEDALLA DE ORO CIUDAD DE VALLADOLID (2008),TEATRO ROJAS - MEJOR ESPECTACULO "Cyrano"(produccion Concha Busto) (2008), PREMIO INTERPRETACION FESTIVAL DE MERIDA (2008), AGORA. FESTIVAL DE ALMAGRO (2007 y 2002), NACIONAL DE TEATRO. MINISTERIO DE CULTURA (1990), entre otros muchos.

Hoy entrevistamos a uno de los mejores actores de nuestra escena:



-Carolina Molina: José Pedro, muchos años dedicándote a la interpretación, desde el teatro clásico al más vanguardista, televisión y cine pero ¿serías capaz de recordar la primera vez que encarnaste a un personaje histórico?

-José Pedro Carrión: Rodrigo de Cervantes, en la serie Cervantes, que, para TVE, dirigió Alfonso Ungría, en 1980. Tenía 30 años, no hace tanto, y recuerdo perfectamente la sensación de estar totalmente perdido ante la cámara, porque entonces sentía muchas más diferencias que afinidades entre estar en el escenario y hacer un plano de cine. No podía, y aún no puedo, evitar sentirme observado con una lupa que te radiografía el alma, cuando te pones ante la cámara y dicen: “¡Cinco y Acción!”.

Creo que entonces, como con otros personajes no históricos, también estaba haciendo un personaje de ficción, basado en una persona que existió. Otras posibilidades con los personajes históricos, además de la ficción, me parecen la biografía, mucho más comprometida con lo ocurrido, o un documental. 

Siempre que tengo un guión, lo ubico y me gusta saber en qué contexto, político, filosófico, social, o en qué enfoca el arte en esa época. Y, si es ficción, hago más caso de mi lectura personal que de la imitación o de la documentación exhaustiva. Estudio lo que dice, o dicen de él los otros personajes históricos y, cuando me maquillan o me pongo su traje escucho al máximo la sensación que me despierta y me transporta en ese viaje al pasado.

-C.M: Desde el punto de vista del actor ¿hay alguna diferencia entre interpretar a un personaje histórico de un personaje creado originalmente por la mente de un escritor? 

-J.P.C: Tengo dos buenos amigos en mi trabajo. La persona que escribe el guión, sea Teatro, Cine o Televisión, y mi propia imaginación. La inteligencia también trabaja, pero estoy alerta, para que no se separe demasiado de lo escrito en la Situación Imaginaria. Esta puede estar expresada como una escena o como una secuencia, pero eso es irrelevante. Y si la Situación es Imaginaria, basada en la biografía de alguien que la ha vivido o no, mi arma favorita es la Imaginación. 

No me gusta hablar de Intenciones, por ejemplo, porque cierra el sentido de una frase. Prefiero escuchar el momento, las circunstancias y al otro a quién voy a decir mi frase, dejando abierto el sentido, como en la vida, a la provocación de ese instante específico. Eso me da más libertad creativa y siento que el personaje me lo agradece. Esa es la afinidad que iguala las diferencias y hace más sencillo, actuable y placentero mi trabajo.

-C.M: En la actualidad interpretas en la seria Isabel a Louis de Tremoille, consejero del rey de Francia. Te vemos muy ataviado con ropajes espectaculares. Cuéntanos si te supuso una dificultad añadida ajustarte a una recreación histórica o por el contrario te ayudó a elaborar el papel. Y ya de paso, cuéntanos en qué consistía tu vestuario.

-J.P.C: En la Prueba de Vestuario de Isabel, me encontré con alguien muy seriamente documentado, delicado, meticuloso y preocupado por hacer del vestuario, también, un personaje. Cuando sentí que no sólo miraba el traje, sino la manera en que yo reaccionaba y si el traje y yo éramos un solo cuerpo, más expresivo, sugerente y elegante, confié totalmente en sus elecciones. Me gustaba cada pieza que me probaba, pero algunos ropajes no pasaron la prueba. Y ese día marcó algo, que estaba en cada sesión. Una garantía de que había una transformación externa que me animaba a creer y crear en cada día de rodaje. Los zapatos y el calzón eran siempre los mismos. Y soy algo maniático con el calzado, ya que es mi contacto con el suelo o con las tablas, si estoy en el escenario. Aquellas botas negras con cordón me daban una realidad, una presencia, y llevaban un tiempo aquellos cordones para trenzarlos en cada agujero, de modo que las botas y yo nos hicimos buenos amigos. A veces el traje llevaba incorporados los puños y el cuello de la camisa y era más fácil y rápido meterte en él. Además los cambios de vestuario en una sola sesión modificaban mi estado de ánimo, la armadura por ejemplo, me llevaban a la animalidad, que necesitaba para revivir aquella época. Viendo el resultado en pantalla, el blanco del luto y de aquella piel, bordeando la capa, me parece un acierto. Nunca llevaba cubierta la cabeza, y el pelo y la barba también hicieron su trabajo.

Ahora que lo pienso tenía bastantes cambios de vestuario.


-C.M: A veces el personaje supera al autor e incluso al actor ¿Te has encontrado en ese trance?

-J.P.C: Ricardo III y Cyrano exigen tanta energía interior que sientes que desde los ensayos hasta la última representación se van haciendo contigo, te van invadiendo el alma y el cuerpo. A mí me gusta esa sensación de escucha del personaje, en la que poco a poco es Él, quien te va diciendo lo que tienes que pensar, lo que puedes sentir, a partir de sus palabras y los sueños que éstas te despiertan. Incluso lo hacen cuando ya se terminaron las funciones, síntoma de que son mucho más profundos y tienen más dimensión de vida, de lo que has podido conseguir en ensayos y representaciones.

El sueño de hacer Cyrano duró veintiséis años y cuando pensé, “bueno, si lo hago alguna vez, bien y si no también”, fue cuando cuajó. En cada función sentía que podía ir tan al fondo como me permitiera a mí mismo y habría más fondo. Y si definía todas sus cualidades alguna se escapaba. Creo que es una cumbre de la literatura, que la gente siempre degusta y disfruta, aunque esa cumbre no se culmine.

Ricardo, se portó conmigo muy generosamente, a cambio de creer de Él que no era tan malo como la historia le desfigura. El día que por fin me disponía a leer por primera vez la versión para ensayos se fue la luz y quedé a oscuras, al tiempo que por la ventana vi la pasada de unos grajos negros. Me impresionó esa casualidad metafísica. Luego, al poco de empezar los ensayos, y de menos a más, aparecieron unos dolores en los hombros que me mortificaban cada vez que me ponían y quitaban la armadura o que convertían en una aventura dolorosa abrir una botella de vino y coger de la mesa un vaso de cerveza o alcanzar la barra del pan. Duró el tiempo de funciones y desaparecieron prácticamente el mismo día de la despedida. 

Un Personaje es como una obra de arte, se puede abandonar, pero no se acaba nunca. Vivir durante un tiempo algo de ellos, me parece una riqueza y un regalo de la vida.

-C.M: En este blog nos interesa relacionar la novela histórica con la interpretación, ¿qué crees que aporta este género literario a los actores?

-J.P.C: Fuente de información. Inestimable. Imprescindible, para activar la imaginación, porque los detalles, que puedes encontrar en esos libros, sean reales o imaginarios son semillas muy fértiles y potentes para centrarte y dispararte a la vez hacia el territorio y la piel de esa persona, que es tu personaje. 

-C.M: Eres un actor de amplios registros, te hemos visto interpretando Scapin de Moliere, la Malquerida de Benavente, una gran variedad de obras de Shakespeare, comedias televisivas (Un chupete para ella) o películas basadas en hechos reales (7 días de enero; La fuga de Segovia; Matar al Nani o El bloke, Coslada 0). Pero, ahora que no nos oye nadie, sincérate y dinos en qué papeles te sientes más cómodo o por lo menos con los que disfrutas más.

-J.P.C: Fíjate si me gustan los personajes históricos, que llevo ocho años de conversación con una persona del siglo XX, que ha influido determinantemente en muchos aspectos de la vida en el XXI, y que, sin embargo, no ha conseguido que seamos más humanos. Albert Einstein, que me recuerda cada día que quiere ser un personaje de teatro y necesita un actor-payaso, para decir algo esencial: recuperar valores perdidos, como la Libertad, del individuo y de la sociedad, que han consentido el juego peligroso de la Seguridad. Ser conscientes de que en Democracia todos somos responsables de generar tanta basura y consentir el holocausto de tantos inocentes invisibles. Y practicar la Ternura, que es el mejor antídoto contra el naufragio de una Especie Estúpida


-C.M: Analizando tu amplia trayectoria, me pregunto: ¿Qué te queda por interpretar?

-J.P.C: Me voy a jubilar, para seguir haciendo lo que me da la gana. Un teatro doméstico y no domesticado. Eso es Vivero, mi compañía, que desarrollo con mi mujer, Valery Tellechea y un ingeniero, que ama el teatro y hace el trabajo de técnico en las funciones. Y un grupo de actores, que estos dos últimos años asisten a las sesiones, primero en Garaje Lumière, que cerró el Ayuntamiento injustamente, y ahora en El Umbral de Primavera, en Lavapiés. Ahí planteamos un trabajo alrededor de la palabra bien dicha en el escenario. Y huimos como de la peste del estercolero de teorías y técnicas de actuación, que fomentan “el barullo de Matías Gali”. El galimatías. Volver a saber leer el guión, -¡qué expresiva palabra!-, como sabían hacerlo los viejos cómicos que conocí y que resumían el oficio con una pregunta esencial: “¿Y aquí qué digo yo? Y practicar la “italiana”, que meticulosamente definida se convierte en arma eficaz para este oficio, que es fácil o es imposible. Para eso está la técnica, para facilitar. Pero si es un Arte, es un misterio, Y lo es, para mí. Quizá así llegue a realizar el sueño de Einstein y el de El Rey Lear. Pero el sueño recurrente que tengo no es como actor sino como persona y como ciudadano. Aunque no lo llegue a ver, sería muy conveniente que los actores fuéramos conscientes de un problema común e hiciéramos una reclamación urgente. Más teatro en la educación de nuestros hijos.

-C.M: Volvamos a la serie Isabel. Cuéntanos algo de tu experiencia en la serie y su recreación histórica ¿es tan exhaustiva como parece? ¿Rodasteis en escenarios naturales? ¿Llegaste a rodar en Granada?

-J.P.C: Leí mi parte del guión con placer y fidelidad y enfoqué mi trabajo en las palabras y en la escucha. “Saber el texto, llegar a la hora y estar en la marca”. Es muy sencillo. Y no sé si es una ley o un gran truco, que funciona. Y también mantenerme como un animal, lo más alerta posible, para combinar las tres cámaras, a los compañeros y a mí mismo, y no perder la energía en la espera entre plano y plano. Hice exteriores, que me gusta mucho, tanto como actuar al aire libre. 

Granada la recuerdo en la serie Cervantes. Entonces sí rodamos en la Alhambra y en los Reales Alcázares de Sevilla.

-C.M: Aprovéchate ahora que vas a ser conocido (si no lo eres ya) por muchos escritores de novela histórica. ¿Qué papel te gustaría que escribiéramos para ser representado?

-J.P.C: Me gustaría que una joven periodista de investigación tuviera la curiosidad y la necesidad de hacerle preguntas a una marioneta, vestida de payaso y con serrín en el cuerpo y en la cabeza, en uno de esos macroteatros, que ahora no tienen uso continuado y común de la gente de esas ciudades, donde un concejal se ha colgado una medalla. Preguntas corrosivas acerca de la corrupción en el teatro, espejo de la corrupción de la sociedad. Y corrupción no sólo de los políticos, nuestros representantes, palabra muy teatral, sino de las personas y ciudadanos, que colaboran con su silencio. Por ejemplo, los actores en su mediocre, irresponsable y ridícula burbuja. Creo que lo voy a hacer. Se llamará Tirando de la Manta...

-C.M: ¿Cuál es la última novela histórica que has leído?

-J.P.C: Jaime I el Conquistador: Los sueños cumplidos del rey que luchó por conquistar una identidad nacional, de Ferran Cremades i Arlandis. 


-C.M: ¿Has interpretado alguna vez en Granada?

-J.P.C: En la Alhambra, la serie Cervantes y en el Teatro Isabel la Católica, casualidad, en 1975, con Terror y miseria del III Reich de Bertold Brech. Y nunca más. He dado curso de actuación en Escénica, eso si, más de tres.

-C.M: Por último, cuéntanos qué preparas en estos momentos o en donde podemos seguirte y disfrutar de tu trabajo.

-J.P.C: Ahora mismo, el 5 y 6 de Diciembre 2014, estaremos en el Teatro del Barrio y seguimos en una gira, nos queda Valencia, Segovia, Lanzarote... con Júbilo Terminal, nuestra primera obra, estrenada en 2011, en el Festival de Almada, Portugal. 

Tenemos en repertorio La Douleur de Marguerite Duras y sumaremos una escritura sobre dos textos de la Uruguaya Marianela Moreno. Una escritura de Valery sobre una vedette que murió en la Guerra Civil, y el ansiado Einstein, que me obsesiona y quiero escribir y estrenar antes del próximo verano. Y preparamos viaje a Suramérica. En octubre estaremos en Mar del Plata, Argentina.


José Pedro, créeme que ha sido un placer poderte entrevistar. Y enhorabuena por tus interpretaciones, los actores nos hacéis mucho más felices.

1 comentario:

  1. Señor Carrión, es todo un placer escribirle. Usted ha llegado a vivir en el pasado como pocos de nosotros lo hemos hecho. Ha calzado a cada personaje y le ha dado vida de una manera que yo, como escritor, no le puedo dar.
    Me fascina la interpretación y la encarnación que lleva a cabo. Con ésta entrevista también he llegado a ver más allá de cada película y serie en la que ha colaborado.
    Llegar a desprenderse de un personaje es difícil. Como usted dice, nunca te deja del todo. Siempre habrá algo que tenga una relación, una pequeña acción, algo tan insignificante como un gesto para transportarte de nuevo en la piel del personaje.
    El sentimiento de saber que ha vivido tantas vidas debe ser indescriptible. Es algo de lo que estar orgulloso.
    Con mis respetos,
    Ian.

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