miércoles, 14 de octubre de 2015

SEBASTIÁN ROA NOS RESEÑA SU NOVELA "EL EJÉRCITO DE DIOS"

Todos los escritores, al finalizar una novela, deseamos ser el centro de atención. Anhelamos las opiniones rápidas de los lectores y la reseña positiva de los críticos que impulsen nuestra obra a ser leída por todos. Pero esto no siempre sucede. ¿Alguien se ha preguntado qué siente el novelista al finalizar su obra? ¿Cómo definiría su trabajo una vez publicado?

Este cuestionario pretende transmitir la visión del escritor. Le preguntaremos sobre su novela y le daremos la oportunidad de promocionarla y hacerse autocrítica. En definitiva, será su manera de convencernos para que leamos su novela.

HOY NOS PRESENTA SU OBRA… Sebastián Roa.

1) Este cuestionario lo leerán muchas personas, algunas no te conocerán. Preséntate a tus nuevos lectores.

Soy Sebastián Roa; aragonés, valenciano, andaluz, asturiano, canario, castellano... Ya no recuerdo de dónde soy. Sí sé que tengo 47 años. Escribo desde hace diez u once, he participado en algunas antologías de relato, la última de ellas una aventura muy especial titulada Retales del pasado. Ah, y he publicado cinco novelas. 

2) ¿Cómo se llama tu nueva novela?

El ejército de Dios.

3) Dinos, lo más resumido que puedas, cuál es el tema central de tu novela, en qué tiempo se desarrolla y qué has querido transmitir con ella.

Es un cruce de ambiciones en medio de una lucha de supervivencia contra el fanatismo extremo. Se desarrolla en el cénit de la invasión almohade en la Península Ibérica, allá por el siglo XII. Pongo el acento en un par de problemas que se repiten en la historia y que hoy están muy de moda; también reflexiono sobre lo lejos que somos capaces de llegar en determinadas circunstancias.

4) ¿Se ha publicado en papel o en digital? Dinos con qué editoriales y no dudes en poner su página web para que podamos conocerlas.

En papel y en digital. Ha sido publicada por Ediciones B (www.edicionesb.com) en febrero de 2015 y vamos por la tercera edición.

5) Los autores nos encariñamos con nuestros personajes. Háblanos de ellos y dinos cuál es tu preferido.

Suelo encariñarme con las mujeres de mis novelas. En El ejército de Dios, mis amores literarios son personajes muy históricos: Leonor Plantagenet, Safiyya bint Mardánish y, sobre todo, Urraca López de Haro, una noble riojana perteneciente a una de las más poderosas familias de Castilla. Se sabe que era hermosa e intrigante. No se quedaba tejiendo tapices en un salón, vamos.


6) Las ideas surgen como chispas, a veces nos vienen cuando menos nos lo esperamos. ¿De dónde partió la idea de escribir esta historia?

Aunque El ejército de Dios es una novela de lectura independiente, forma parte de una trilogía temática sobre la invasión almohade. Se trata de un proyecto que inicié en 2009 con La loba de al-Ándalus, y en principio surgió como un deseo de explorar un personaje real pero poco conocido de nuestra historia: el rey Lobo. Una cosa llevó a la otra y mira tú la ensalada que he preparado.

7) La novela histórica es un trabajo muy arduo. ¿Cuánto tiempo te llevó documentarte y recopilar todos los datos suficientes para desarrollarla?

Mis periodos de documentación base son de seis meses, aunque no dejo de complementar información durante todo el proceso de escritura. Este es un caso atípico porque llevo trabajando seis años sobre la misma época, y aún me quedan otros dos por lo menos.

8) ¿Qué fue lo más anecdótico que te encontraste en esta documentación?

Las razones, totalmente documentadas, que el rey Fernando II dio a Urraca de Haro —aún no era su esposa— para favorecerla por encima de todos sus súbditos. «Por los buenos servicios que me prestaste en la cama», le dijo. La anécdota viene después, cuando algún crítico me ha reprochado que la pinte como la mayor prostituta del reino de León en el siglo XII. Ejem...

9) ¿Por qué crees que esta novela merece ser leída?

Porque habla de la vida. De pasiones humanas tan vigentes hoy como hace ochocientos años; de errores que no pueden repetirse y de personajes que no deben olvidarse. 

10) Déjanos abrir boca. ¿Nos permites leer un trocito de ella? 

Verano de 1174. Sevilla

El joven Yaqub levantó la piedra y la sopesó. Ni muy grande ni muy pequeña, tal como le había aconsejado su tío Abú Hafs. Debía caber bien entre los dedos y volar ligera. Tomó aire e intentó aplacar el temblor que dominaba su mano. No podía mostrar miedo, y mucho menos repugnancia. Se obligó a mirar a los condenados.

Allí estaban, de espaldas a la cerca de madera que habían levantado para la ocasión. Hombro con hombro, musitando en silencio sus últimas plegarias. Ambos lloraban. Yaqub se volvió a su derecha y vio el gesto firme de su tío, que ahora alzaba los brazos para acallar los insultos del gentío.

—¡Estos dos hombres han sido condenados, fieles sevillanos! ¡Ambos han sido hallados culpables del nefando vicio de la fornicación!

Una nueva oleada de gritos se levantó. Invertidos, los llamaban. Sodomitas. Yaqub observó a los reos. Parecían no oír nada que no fueran sus propias plegarias. Ni siquiera trataban de huir aunque no estaban atados. Claro que tampoco habrían llegado muy lejos.

—¿Dónde está el príncipe de los creyentes?

La pregunta había surgido de la muchedumbre. Abú Hafs, visir omnipotente del imperio almohade y hermano del califa, apretó los labios. Exigió silencio con un nuevo ademán.

—¡Nuestro señor no ha podido asistir, como es su obligación…, pues otros asuntos lo mantienen ocupado! ¡Pero heme aquí yo, su gran visir. Y sobre todo —señaló al joven Yaqub—, he aquí su primogénito! ¡Y por encima del propio príncipe de los creyentes, he aquí la voluntad de Dios, el Único —el índice de Abú Hafs apuntó al cielo—, que nos ordena cortar de raíz el germen de la maldad! ¡Esos dos hombres fueron sorprendidos pecando contra natura, y los testigos son dignos de crédito! ¡Cumplamos ya la voluntad de quien ordena lo permitido y censura lo prohibido!

El visir omnipotente volvió la cabeza hacia su sobrino y asintió. Yaqub tragó saliva. Como representante del califa, a él le correspondía lanzar la primera piedra. Su tío le había aleccionado. Le había dicho que no podía vacilar. Que todos los ojos estarían puestos sobre él. Su brazo se estiró hacia atrás y el gentío aguantó la respiración. El nudo creció en la garganta de Yaqub. «Son pecadores —se dijo—. Sodomitas. Merecen morir.»

No pudo evitarlo. Imaginó a los dos condenados juntos, a escondidas. Antes de ser sorprendidos en pleno fornicio. Desnudos, apretados, sudorosos. Tal vez felices. Se suponía que eso debía repugnarle, pero no ocurría así. El sentimiento de confusión superó al de culpa.

—Hazlo ya —susurró el visir omnipotente.

Yaqub cerró los ojos y su brazo se agitó como un látigo. No quiso ver si acertaba. Le dio igual a pesar de todo. La piedra voló y chocó frente a él. Al momento, decenas de ropajes crujieron conforme sus dueños imitaban al primogénito del califa almohade. El gran cadí, los testigos del juicio, su tío Abú Hafs y un amplio conjunto de almohades y andalusíes que se habían ofrecido para participar en la ejecución. El aire se llenó de silbidos, de impactos, de gemidos sordos.

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