jueves, 15 de diciembre de 2016

SEBASTIÁN ROA NOS HABLA SOBRE SU NUEVA NOVELA: "LAS CADENAS DEL DESTINO"

HOY NOS PRESENTA SU OBRA… SEBASTIÁN ROA 

1) Este cuestionario lo leerán muchas personas, algunas no te conocerán. Preséntate a tus nuevos lectores.

Me llamo Sebastián Roa. Nací en Teruel, pero he vivido en media España y trabajado en la otra media, así que soy una especie de mil sangres. Tengo 48 tacos y soy autor de seis novelas publicadas; además he participado en varias antologías de relato y frecuento algunos saraos literarios, como talleres y concursos. 



2) ¿Cómo se llama tu nueva novela?

Las cadenas del destino. Es la última de una trilogía temática dedicada a la invasión almohade. Eso quiere decir que la novela puede leerse sin haber leído las otras dos.

3) Dinos, lo más resumido que puedas, cuál es el tema central de tu novela, en qué tiempo se desarrolla y qué has querido transmitir con ella.

Las cadenas del destino abarca el periodo culminante de la rivalidad entre almohades y cristianos, desde 1195 hasta 1212. En las dos anteriores, La loba de al-Ándalus cubría el inicio de la invasión almohade, de mediados del siglo XII al año 1172. En la siguiente, El ejército de Dios, recorría el lapso entre 1174 y 1195, momento en el que los almohades pusieron de rodillas a los cristianos en Alarcos.

Mi intención con Las cadenas del destino es la de poner al lector en la piel de quien se ve abocado al exterminio o a la esclavitud, y ha de buscar la forma de luchar contra esa amenaza. He puesto el énfasis en el valor y el miedo, pero creo que los temas principales de la novela son el sacrificio y la esperanza.

4) ¿Se ha publicado en papel o en digital? Dinos con qué editoriales y no dudes en poner su página web para que podamos conocerlas.

En papel y en digital. Ha sido publicada por Ediciones B (www.edicionesb.com) en noviembre de 2016.

5) Los autores nos encariñamos con nuestros personajes. Háblanos de ellos y dinos cuál es tu preferido.

En cada novela de la trilogía he diseñado con especial mimo a los personajes femeninos. En la primera me enamoré de una musulmana, Zobeyda bint Hamusk; en la segunda lo hice de una cristiana, Urraca López de Haro. En esta le ha tocado a una judía sin pedigrí, la prostituta Raquel. Aunque estoy orgulloso de las otras mujeres que recorren las páginas de Las cadenas del destino: Ramla bint Sanadid, María de Montpellier y Leonor Plantagenet.


6) Las ideas surgen como chispas, a veces nos vienen cuando menos nos lo esperamos. ¿De dónde partió la idea de escribir esta historia?

Es la consecuencia lógica de las otras dos novelas. En el campo narrativo, nace de mi afán por adentrarme en la condición humana en condiciones extremas. En el campo histórico he tratado de enfocar de forma amplia la invasión almohade, considerando la batalla de las Navas de Tolosa no solo por sí misma o por sus antecedentes inmediatos, sino como colofón de un proceso social, político, económico y religioso que dura más de medio siglo.

7) La novela histórica es un trabajo muy arduo. ¿Cuánto tiempo te llevó documentarte y recopilar todos los datos suficientes para desarrollarla?

Mi periodo de documentación estándar es de seis meses, aunque en este caso tenía gran parte del trabajo hecho por las anteriores novelas. Resulta imposible sumar el tiempo efectivo de documentación dedicado a la trilogía, porque hay que considerar que un novelista histórico no deja de documentarse mientras escribe o cuando revisa cada borrador.

8) ¿Qué fue lo más anecdótico que te encontraste en esta documentación?

Todo lo relacionado con la tormentosa relación entre el rey Pedro II de Aragón y su esposa, María de Montpellier. Esta mujer es una mina de dramatismo. Disfruté especialmente al recrear la legendaria concepción de su único hijo, el que después se convertiría en Jaime I, el Conquistador.

9) ¿Por qué crees que esta novela merece ser leída?

Por dos razones: la primera es la exploración de las pasiones y los valores de personas que se hallan al borde del precipicio; la segunda es el innegable paralelismo entre esa época y la actual, especialmente en lo relativo al enfrentamiento con el fanatismo religioso. 

10) Déjanos abrir boca. ¿Nos permites leer un trocito de ella? 

Claro. Ahí va el principio del capítulo primero, titulado El cobarde. 

Verano de 1195. Llanura de Alarcos

Velasco se despierta y mira a su izquierda. El mundo es un borrón cuyos contornos vuelven a dibujarse. Poco a poco aparece un rostro humano, vecino. Ojos de par en par, barba enmarañada, piel sucia. La boca está abierta, y por entre los dientes negros asoma una lengua igual de negra. El hombre está inmóvil, aunque algo se agita sobre su piel. Pequeñas manchas que se recrean en sus labios, se desplazan por los pómulos y corretean sobre los ojos. Velasco se da cuenta de que está mirando a un muerto. Y a su lado hay otro. Y otro más. No le cabe duda de dónde está. El infierno, claro. La morada de Satanás. Y por todas partes, los condenados. Despojos que se confunden entre sí, con lo pardo de la tierra y lo rojo de la sangre. Hay muertos que todavía empuñan armas, y sus hojas se hunden en los cuerpos de otros muertos. Miembros desgarrados, amputados por el filo de la espada o el hacha. Yelmos abollados, lorigas desmalladas, rostros que estallaron, escudos astillados, jirones de carne. Sangre a medio secar en las comisuras que apenas ocultan los dientes quebrados. Algunos cadáveres, es curioso, parecen aún vivos. Incluso a gusto. Se aprietan unos contra otros. Diríase que se abrazan. Otros tienen un aspecto casi cómico. En posturas forzadas, con brazos y piernas doblados en ángulos imposibles. Los hay que se acurrucan, se enlazan las rodillas o se tapan la cabeza, como si pudieran evitar que sus sesos se escurran sobre tierra. Lo peor son los ojos. Parecen hundidos, se ocultan en la carne para escapar del horror. Ojos abiertos, sí. Pero ausentes, fijos, apagados, en los que ya se posa el polvo y sobre los que caminan los insectos. Porque los muertos yacen bajo nubes de insectos. Moscas de vientres verdes y brillantes que se entretienen sobre las heridas, los cortes y las vísceras derramadas. Hurgan en la carne, levantan el vuelo y zumban en un aire denso y agridulce, caliente y húmedo, solo para ir en busca de otro cadáver que saborear.

Velasco trata de moverse, pero no puede. El peso del mundo descansa sobre él. «Tal vez estoy muerto yo también», piensa. Intenta recordar. Vuelve la cabeza y mira arriba. Un cielo azul que empieza a oscurecerse. Hay aves. Buitres que planean en lo alto. Y cuervos. «¿Cómo he llegado hasta aquí?»




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