viernes, 27 de enero de 2017

GABRIEL POZO FELGUERA NOS HABLA SOBRE SU NOVELA: EL EVANGELIO DE LA ALHAMBRA

HOY NOS PRESENTA SU OBRA… GABRIEL POZO FELGUERA

1) Este cuestionario lo leerán muchas personas, algunas no te conocerán. Preséntate a tus nuevos lectores.

Soy curioso y ávido lector, especialmente de todo tipo de Historia, y de muchas historias. Con preferencia por la narrativa histórica. Y, más concretamente, con todo lo relacionado con épocas Medieval y territorio Al-Andalus. Y Granada, por supuesto. 

También ratoncillo de librerías, bibliotecas y archivos. 

He trabajado en periodismo durante un cuarto de siglo, hago guiones para documentales históricos y gestioné dos instituciones culturales bancarias. 

Ahora soy aficionado juntaletras y procuro escribir y divulgar episodios de la historia relacionada con Granada y su entorno.

2) ¿Cómo se llama tu nueva novela?

El Evangelio de la Alhambra.


3) Dinos, lo más resumido que puedas, cuál es el tema central de tu novela, en qué tiempo se desarrolla y qué has querido transmitir con ella.

Narra los esfuerzos del pueblo morisco granadino (y español por extensión) durante todo el siglo XVI y principios del XVII por mantener sus derechos como minoría cultural, étnica y religiosa. 

Quiero resaltar la intransigencia social y religiosa que acabó en un genocidio por parte de unos españoles que se llamaban cristianos viejos frente a otros vecinos que tenían otras formas de expresar sus costumbres.

4) ¿Se ha publicado en papel o en digital? Dinos con qué editoriales y no dudes en poner su página web para que podamos conocerlas.

Ha salido en papel, muy bien maquetada y presentada. Se completa con un apéndice documenta y gráfico (en color).

La publica editorial Atrio, wwe.editorialatrio.es, https://www.facebook.com/Editorial-ATRIO-795935120513674/?fref=ts

5) Los autores nos encariñamos con nuestros personajes. Háblanos de ellos y dinos cuál es tu preferido.

En este caso es María Ana del Castillo y Montiel. Es el hilo conductor de toda la narración, ya que es hija del principal ideólogo del asunto del Pergamino de la Torre Turpiana, de los Libros Plúmbeos del Sacromonte y del Evangelio de Bernabé. María Ana fue también la esposa del “compinche” Miguel de Luna y madre del último protagonista de la saga, el médico Alonso de Luna y del Castillo.

6) Las ideas surgen como chispas, a veces nos vienen cuando menos nos lo esperamos. ¿De dónde partió la idea de escribir esta historia?

El tema de la sociedad dual granadina (musulmana y cristiana del XVI) y el enconamiento de sus relaciones me ha interesado desde siempre. He publicado algunas cosas sueltas. Un día, tras el Congreso de Moriscos de 2009 en Granada, di por casualidad con la ficha censal del morisco Alonso del Castillo, en el Archivo de Simancas. Tenía, efectivamente, una hija llamada María, de cuya existencia se ha dudado hasta ahora para emparentarlo con Miguel de Luna. Tiempo atrás, un amigo me dijo que guardaba una tabla con una frase de la biblia que estuvo en la Mezquita mayor de la Alhambra; me extrañó, pero al unir cabos, surgió la chispa.

7) La novela histórica es un trabajo muy arduo. ¿Cuánto tiempo te llevó documentarte y recopilar todos los datos suficientes para desarrollarla?

Por lo general, cuando investigo en alguna fuente, voy haciendo fichas y tomando referencias de diversos temas. Lo guardo y anoto todo. Pero cuando decido centrarme en un libro, tengo parte del trabajo hecho, además de buscar nueva documentación. Unos libros los documenté en medio año, otros llevo toda la vida documentándolos y no sé si algún día los escribiré. Cuando escribo, soy muy metódico, decido ocho o diez horas al día. Prefiero escribir los días nublados o lluviosos. Por eso ahora no puedo escribir. Tendré que mudarme al Norte, jejejé…

8) ¿Qué fue lo más anecdótico que te encontraste en esta documentación?

Además de la ficha censal de la familia de Alonso del Castillo (de 1561), conocer que en el cuadro que representa el Bautismo de San Cecilio (que es la portada del libro), es un alegoría a la mistificación de la sociedad dual española del siglo XVI, lo que querían alcanzar las autoridades civiles y religiosas del momento. 

Pues en ese cuadro las caras son de personajes reales del momento; en él están representadas personas que tuvieron mucho que ver con las invenciones del Pergamino y los Evangelios del Sacro Monte.

9) ¿Por qué crees que esta novela merece ser leída?

Porque se podrán conocer enfoques distintos al origen del problema morisco, los inventos de cristianos viejos por demostrar el pedigrí del cristianismo en la romana Hispania, la credulidad de Felipe II, los deseos de predestinación del arzobispo Pedro de Castro. Cómo la Contrarreforma fue muy perjudicial para los vecinos moriscos de las Españas.

10) Déjanos abrir boca. ¿Nos permites leer un trocito de ella? 

(Adjunto el proemio con que empieza el libro, en 1502)

Granada. 23 de febrero de 1502 

Una nube de humo y olvido cubrió Granada. El joven Alonso apretó el paso en dirección a la Alhambra aquella fresca mañana. La hoguera de Bib-Rambla todavía humeaba. Y lo seguiría haciendo durante muchos días más. Mientras hubiese libros islámicos para alimentar las llamas. 

Nunca pensó que el cardenal Cisneros sería capaz de cometer tamaña barbaridad. Sin duda, el mayor de los crímenes que se puede infligir a la memoria de un pueblo. Nada menos que enviar a la hoguera todos los libros de los musulmanes del Reino de Granada. Menos los que le interesó para sí por ser de medicina o tratados de hierbas. Alonso no sabría calcular cuántos manuscritos formaban la inmensa pira de la plaza del Arenal, junto a la puerta de la Rambla. Vio a no menos de dos centenares de soldados de los muy católicos reyes Isabel y Fernando apilarlos con carretillas atestadas. Allí vertieron más de diez mil libros la primera noche. Tan sólo de su Madrasa, la universidad del Reino, extrajeron cuatro mil. Con indignidad, como se saca a un asesino de su guarida, porque el Cardenal dijo que había que poner fin al origen del mal. Y el pecado no era otro que los libros arábigos. La memoria de un pueblo allí conservada durante ocho siglos. 

Los alfaquíes lloraban desde meses atrás, cuando les había obligado a entregar los libros de sus mezquitas. El cardenal gobernador fue implacable, ni un solo libro debía sustraerse a su examen. ¡Ay de aquél que se atreviera a esconder un solo ejemplar en sus alacenas! Sus soldados revisaron, casi durante dos años, cada una de las casas sospechosas de tener tomos árabes. Fomentó la delación entre vecinos para llegar hasta el último emparedamiento. 

Por eso, aquella madrugada Alonso no había podido pegar ojo en espera de las primeras luces del amanecer. Le entró miedo al ver que Cisneros no se andaba por las ramas. Éste no era como el santo alfaquí Talavera. Era el demonio en persona. Se había propuesto acabar con la fe, el habla y la escritura de los mahometanos, y estaba dispuesto a conseguirlo a fuego y sangre. La llama ya la había prendido; seguro que la sangre correría después. Con la quema de todos los libros arábigos en la plaza de la Rambla pretendía que el olvido triunfase sobre la memoria. Deseaba desunir a un pueblo vencido hacía sólo ocho años y evitar que sus futuras generaciones trascendieran y se perpetuaran a través de su memoria. Muerta la memoria, moriría también el pueblo. 

Alonso había guardado en su casa aquellos dos libros que hablaban de religión. Los tenía en préstamo. Los sacó de la biblioteca de la universidad, la Madrasa, precisamente la misma mañana que los soldados de Cisneros la violentaron para llevarse todos los libros. El pretexto era examinarlos por parte de la poderosa clerecía. Pero bien sabía que jamás volverían a sus estantes. Al principio pensó que la Madrasa, la Escuela de Cánones y Filosofía donde él trabajaba, sería reabierta y devuelta su biblioteca. Pero de eso hacía ya dos años y se temía el peor de los finales. Había rumores de que el cardenal sentía mucha envidia por el gran nivel de la universidad arábiga fundada por el emir Yusuf I, hacía ya más de ciento cincuenta años. Y que la mayoría de manuscritos iban camino de Alcalá. Decían más: Cisneros se lamentaba del gran número y calidad de los libros del Reino de Granada, hechos del mejor papel, cuando en Castilla apenas si existía el papel y sólo se usaba el incómodo y caro pergamino. La alcaná de Granada estaba llena de tiendas de papel y librerías. 

Alonso ibn Bannigas era cristiano converso desde antes de la conquista de Granada. Todo su clan, el del príncipe Cidi Hiaya, se había puesto al servicio de los Reyes Católicos en 1490, mantenían prebendas y honores en la corte de Castilla. Él, a sus veinticinco años, ocupaba un cargo de alta responsabilidad en la Madrasa. Por eso le dolía más lo que estaba ocurriendo en Granada tan sólo ocho años después de firmar capitulaciones. Cisneros estaba incumpliendo todo lo pactado. Deseaba acabar con la fe y la cultura de su pueblo. Porque, a pesar de haber abrazado el cristianismo, a nadie se le escapaba que los príncipes musulmanes lo habían hecho para mantener propiedades y honores de los reyes de Castilla. En el fondo de su corazón seguían practicando la taqyya. 

Granada seguía cubriéndose de humo y olvido aquella mañana de febrero cuando Alonso salió de su palacio. Descendió calle abajo, con los dos libros bien escondidos en un zurrón. Pasó por la puerta de la mezquita de los morabitinos, que permanecía abierta sin que nadie se atreviera a entrar desde muchos meses atrás. Salió por el arco de la Alcazaba vieja y giró a la izquierda en busca del puente de la Ciudadela. Otros lo llamaban del Cadí, en honor del alcaide zirí que lo había construido muchos siglos atrás. Alonso padecía vértigo y no se atrevía a mirar abajo, al lecho del río Dauro, cuando atravesaba este altísimo puente que une el Albayzín con la Alhambra. Peor aún: su miedo le hacía caminar por el centro del enlosado, sin ni siquiera acercarse a los pretiles de piedra que protegen sus extremos. 

El encargado de la Escuela de Cánones de la Madrasa subió a zancadas la rampa escalonada que conduce desde el puente del Cadí hasta la puerta de las Armas de la Alhambra. Había escarchado por la noche en esta zona tan umbría. Adelantó a dos caballos que sus dueños arrastraban de sus ronzales. Tal es de empinada la cuesta y resbaladizo su empedrado. Nada más entrar a la Alcazaba, en las caballerizas de la derecha, vio que unos soldados ensillaban sus monturas. Quizás se dispusieran a acompañar al alcaide en una de sus salidas. La ciudad estaba muy tensa. A Alonso no le importaba que Don Íñigo López de Mendoza no estuviese en la Alhambra. Mejor aún, así no tendría que darle explicaciones al alcaide. Su intención era disimular los dos libros de su zurrón entre los centenares de manuscritos que concentraba la biblioteca de la Alhambra. Estaba seguro de que hasta allí no llegaría la larga y perversa mano de fuego del cardenal Cisneros. Pero albergaba dudas: La nube de humo y olvido que comenzaba a cubrir el reino moro de Granada ¿sería sólo obra del cardenal o cumpliría órdenes de Isabel y Fernando? 

Alonso Ibn Bannigas se había cambiado recientemente su apellido por otro cristiano. Porque así lo exigió la nueva pragmática real. Ahora se hacía llamar Alonso del Castillo. Por fin alcanzó, ciertamente fatigado por las prisas, la puerta del Vino. Se encaminó a los palacios con la intención de esconder los dos fabulosos libros salvados de la quema en Bib-Rambla. 

Cuando se aproximaba a la Mezquita de la Alhambra se topó de improviso con un pariente lejano, Fernando de las Maderas, que iba a su trabajo… 





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