domingo, 12 de febrero de 2017

LA CONSTRUCCIÓN DE SANTA SOFÍA

Un artículo de Blas Malo Poyatos.

¡Niká! ¡Niká! ¡Victoria!

Con este grito Constantinopla despertó sumida en la violencia. Una violenta turba recorre las calles de la capital del imperio bizantino. Los alborotadores apoyan a las facciones de cuadrigas que dominan la ciudad, con barrios enteros, familias y gremios divididos entre los Verdes y los Azules, y contra el emperador. 

Todo se descontrola cuando ambas facciones llegan a las manos. Miles de alborotadores se adueñan de las calles, saqueando y quemando todo lo que encuentran a su paso. Tras tan solo cinco años de reinado, Justiniano, el nuevo soberano del imperio romano de Oriente, se enfrenta a un serio desafío que amenaza su derecho al trono. Es una rebelión del pueblo que, resentido por los altos impuestos para pagar sus sueños de grandeza, quiere derrocarlo. Es enero del año 532.
Sus generales Belisario y Narsés reprimieron la revuelta violentamente. Volvió una tensa calma. 

Los disturbios y el fuego destruyeron la antigua catedral. Y ello dio una gran oportunidad al ambicioso emperador, ansioso de dejar su impronta en la ciudad para toda la eternidad. Renovatio imperii. La Restauración del Imperio. Occidente estaba perdido en manos de los bárbaros. Roma aún lloraba sangre por su relevancia perdida. La ambición de Justiniano iba más allá de la capital bizantina. Deseó reavivar la gloria de la antigua Roma, extendiendo Bizancio por todo el Mar Mediterráneo. Desde Constantinopla reorganizó y rearmó al ejército. Reconstruyó carreteras, fortalezas y ciudades. Y edificó decenas de iglesias a lo largo de su imperio.

Su nueva catedral debía ser la más espléndida y magnífica, y debía construirse con rapidez: deseaba consagrarla en vida y él ya tenía 50 años. 

Así, en febrero de 532 comenzaron las labores de desescombro y limpieza del solar, tan solo un mes después de su destrucción. ¿El motivo? Justiniano necesitaba un gran gesto público para restaurar la confianza en su reinado. Quería evitar que su pueblo se rebelara de nuevo. Y una gran obra de construcción, igual hoy que entonces, es una excelente forma de mantener ocupadas miles de manos paradas. 

Recurrió a dos hombres, dos eruditos de la Ciencia de la Mecánica, para erigir su sueño: Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto. Ninguno era arquitecto pero estaban convencidos de poseer las aptitudes necesarias para la tarea. Tras explicarles sus propósitos, las palabras de Justiniano fueron dos órdenes claras, precisas e inquietantes:

—Uno, haced que éste sea el edificio más espectacular del mundo; y dos, hacedlo rápido.Y les dio cinco años para hacerlo. Nada más.

La planta del diseño de la catedral de Santa Sofía es sencilla. Tenían la idea, crearían un gigantesco espacio central cuadrado de 31x31 m, delimitado por cuatro grandes pilares que sustentarían toda la estructura. Este espacio estaría flanqueado por pasillos y galerías laterales, y coronado por una espléndida cúpula. Construirla llevó a la ingeniería romana a superar sus límites.

Para la enorme cúpula, de 31 m diámetro y 56 m de altura, se necesitaban materiales ligeros, o sería demasiado pesada para que la estructura la soportara. Para el Panteón de Agripa, en Roma, se usó puzolana, un cemento natural ligero creado con cenizas volcánicas que se hallan en Italia y que son mezcladas con cal viva y agua. Pero no hay tales cenizas en Oriente. Había que buscar un sustituto para hacer una estructura ligera y resistente. Constantinopla es, además, zona sísmica.

Además, debían ubicar la cúpula circular sobre la base cuadrada del espacio delimitado por pilares. Un círculo apoyado sobre un cuadrado. La solución fue apoyarla sobre la parte central de 4 enormes arcos de 31 m levantados sobre pilares. Pero esos cuatro puntos de apoyo no eran suficientes. Para incrementar la base de apoyo, entre arco y arco, como gajos de naranja, se diseñaron pechinas triangulares cóncavas que redirigían el peso de la cúpula hacia los pilares, evitando además la tendencia de los arcos a abrirse por el efecto del peso de la cúpula.

Para cumplir el sueño de Justiniano de construir la mayor cúpula jamás vista, esos cuatro arcos serían formidables. Pero los enormes esfuerzos en la base de los arcos tenderían a abrirlos, peligrando la estructura. 

La solución fue añadir dos semicúpulas adicionales en cada extremo de la nave, que se proyectan desde los arcos de apoyo desde la cúpula, aumentando la luz de la nave hasta los 140 metros sin aumentar la separación entre pilares. 

Aún debían encontrar un sustituto de la puzolana. Antemio e Isidoro lo encontraron en Rodas. Desde allí llevaron todos los ladrillos para su edificio. El secreto es la composición química de su arcilla y su cocción. Los ladrillos de Rodas, cocidos a menos de 800 °C en vez de 1400 °C que es lo habitual, tenían muchos más poros, eran ladrillos tan ligeros como la piedra pómez. De hecho, flotarían si se lanzaran al agua. La argamasa para colocarlos, además, contendría mucho ladrillo machacado y las llagas serían muy anchas, tanto o más que el ancho del ladrillo. Al fraguar, la adherencia sería así muy fuerte.

Pero todavía debían aligerar aún más la estructura. Dentro de la catedral hay pasillos y galerías, y la distribución de las arcadas no es casual. Muchas corresponden a los aligeramientos en los cuatro enormes contrafuertes tras los cuatro pilares, aligerados por medio de arcos. Estos canalizan los empujes de la cúpula al suelo, absorbiendo el peso de la parte superior. Pero cometieron un error. Los aligeramientos debilitaron los contrafuertes.

Para construir Santa Sofía, se emplearon dos equipos de 5.000 trabajadores, compitiendo entre sí, cada uno dirigido por 50 patrones. Cada patrón tenía 100 obreros a su cargo. Un ejército de servidores ordenaba los acopios, dirigían los carros desde los puertos de la ciudad a la zona en obras y cocían cal para preparar la argamasa. Los hornos funcionaban noche y día.


La Renovatio imperii, con ejércitos triunfantes en Persia, África, Italia e Hispania, era una empresa onerosa, y el tesoro imperial no era infinito. Había que ahorrar. Como no daba tiempo a tallar las enormes columnas que pedía Justiniano para adornar el interior de su catedral y era un proceso muy caro, se expoliaron y se llevaron columnas de otras construcciones de todo el imperio, y eso influyó en el diseño interior. Reutilizando columnas expoliadas y rediseñando los pasillos y galerías redujeron la carga de trabajo en un 20%, ahorrando tiempo y dinero. Con cada paso, los dos ingenieros intentaron soluciones para ahorrar costes y reducir tiempo. Pero cuando llegaron al nivel de la cúpula, los errores asomaron.

Comenzaron a trabajar en la cúpula en el 535, el tercer año de la construcción. Para subir al nivel de la cúpula levantaron una cimbra enorme de madera para los arcos y la cúpula sobre la que colocar ladrillos y argamasa. Nunca se había construido algo así. El peso de los arcos a medida que se elevaban empezó a afectar a los pilares. Se agrietaron peligrosamente, amenazando con una gran catástrofe. La solución fue realizar arcos de refuerzo en los aligeramientos de los contrafuertes. No fue suficiente. Siguieron agrietándose. Entonces, a regañadientes, añadieron altura a los contrafuertes, macizándolos, para dar mayor peso y estabilidad. Tampoco fue suficiente: las columnas de las arcadas interiores comenzaron a inclinarse por los empujes hacia el exterior. La solución desesperada fue añadir proyecciones de esos contrafuertes internos, añadiendo más contrafuertes hacia el exterior de la estructura, para garantizar la estabilidad, pero el daño ya estaba hecho. La base sobre la que se apoyaría la cúpula ya no sería cuadrada.

Sería cúpula elíptica. Pero ya no podían darle tanta altura. Decidieron que apoyaría sobre un cilindro previo, que a su vez, con ventanales, daría luz al interior del recinto. Pero la distribución de esfuerzos ya no era uniforme. Habían pasado 4 años de obra, el emperador estaba impaciente y visitaba la obra con frecuencia, exasperado. Antemio muere en el año 534. Isidoro de Mileto se queda solo al cargo de toda la obra y reduce la profundidad de la cúpula al mínimo, para disminuir al máximo los pesos.

La decoración actual de Santa Sofía es magnífica, pero en época de Justiniano todo fue más austero, el dinero se agotaba, en vez de mosaicos laboriosos y caros se colocaron simples cruces sobre un fondo dorado. Cuanto más simple fuera la decoración, antes se terminaría y Justiniano no quería esperar más. Los ritmos de la obra se apresuraron, sin importar los accidentes, sin importar las excusas. El emperador quería resultados, no palabras.

El 27 de diciembre de 537 se inauguró la catedral, con una magnífica procesión. Justiniano admiró la cúpula y dijo palabras para la eternidad.

—Gloria a Dios por permitirme completar esta obra. Salomón, te he superado.

Pero en el mismo día de su inauguración, Justiniano fue testigo preocupado de la precaria naturaleza de su monumento, levantado en sólo 5 años. Caía polvo desde los arcos y las galerías crujían. El peso del edificio era tal, que estaba provocando que se descascarillase la parte superior de las columnas de mármol.

El día 14 de diciembre 557 un potente terremoto sacudió Constantinopla y provocó graves grietas en la cúpula. Para acceder y repararlas se construyeron cuatro grandes escaleras de caracol en el borde exterior de los pilares. En mitad del proceso, el 7 de mayo de 558, parte de la cúpula se derrumbó sobre el santuario. Justiniano, de 75 años, aún enérgico y ambicioso, ordenó su inmediata reconstrucción. La tarea recayó en Isidoro el Joven, sobrino de Isidoro de Mileto, ya muerto. Todos los recursos del imperio se pusieron a su disposición.

El joven Isidoro examinó el problema y dedujo acertadamente que el cilindro sobre el que apoyaba la cúpula era el responsable de un desequilibrio de fuerzas, acentuado por el terremoto. Lo eliminó y aumentó la convexidad de la cúpula, apoyándola directamente sobre el centro de los arcos y sobre las pechinas. Acertó. Quizás, sin embargo, la mejor decisión de Isidoro el Joven fuera tomarse su tiempo: tardó 4 años en construir la nueva cúpula, más de 2/3 del tiempo de sus predecesores en construir toda la catedral. No asumió ningún riesgo: el andamiaje de la cúpula no se retiró hasta un año después de su terminación, permitiendo que la argamasa fraguase de forma conveniente. Con todo, Justiniano pudo asistir en el 562, con 79 años, a la segunda consagración del edificio. 

La cúpula ha resistido más de 1400 años. La construcción es, además, a prueba de terremotos. Para permitir que el material se agrietara y disipara tensiones, se añadieron numerosas ventanas en los muros, se colocaron amortiguadores en las columnas (formados por placas de plomo en capiteles y bases de columnas), y al emplear argamasa con arena sin sal de río y cal viva, se formaba silicato de calcio, con capacidad para cerrar grietas a largo plazo, es decir, actuaba como un cemento sismoresistente.


En 1453, los otomanos tomaron la ciudad y la renombraron como Estambul. Añadieron cuatro minaretes al Santo edificio y recrecieron sus contrafuertes, dando forma a su estado actual, como mezquita.

Con Santa Sofía, Justiniano logró su mayor triunfo: hacerse inmortal.



Para saber más:


Felip, Salvador, (2010) El sueño de Justiniano, Madrid, España. Ediciones B






(Artículo por Blas Malo Poyatos, publicado en la revista AZVI INFORMA nº11, Diciembre 2016)




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