viernes, 24 de marzo de 2017

TEATRO GRAN CAPITÁN


Granada, 25 de septiembre, 1927.

El friso de la cornisa que remata la cabecera del templo del monasterio de San José junto a otras cubiertas anexas del mismo convento, por dicha idénticas a las que vemos en nuestros días, nos revelan incontestablemente que este combate pugilístico tuvo lugar en la fecha arriba mencionada justo en el vecino teatro Gran Capitán, hoy desaparecido y por entonces con ocho años de andadura desde la fecha de su inauguración, en junio de 1919. Dado que nunca llegó a techarse el núcleo del aforo central reservado al patio de butacas con una cubierta de fábrica estable, imágenes como ésta de algunos de los espectáculos celebrados en su interior dejaban perfectamente visibles parte de los edificios próximos de más altura como los situados en la inmediata plaza de las Descalzas. El alveolo que había dejado vacío el deplorable desmonte y desmantelamiento de la Casa de los Córdova de esta su originaria ubicación fue aprovechado rápidamente por el nuevo propietario del histórico inmueble, don Ricardo Martín Flores, para acrecentar con este nuevo coliseo sus conocidos negocios en nuestra capital destinados al ramo del ocio y, sobre todo, a la explotación comercial del más innovador y prometedor de los espectáculos de nuevo cuño como el del cinematógrafo, ya iniciada por este mismo empresario en 1914 con la construcción del cine Regio en la vecina calle Escudo del Carmen. Por lo que respecta al origen, ciertamente poco infausto, de este nuevo teatro se encuentra igualmente complicado en la vorágine de una crisis que estalló en nuestra ciudad al comienzo de ese mismo año que lo vio nacer, los turbulentos y luctuosos sucesos de febrero de 1919. Al promotor y padre de la criatura, el señor Martín Flores, cuyos cargos y militancia política le habían costado el saqueo de su cine Regio en lo más crudo y violento de los motines de dicho mes, no se le ocurrió otro medio de congraciarse con las desempleadas e iracundas masas obreras que hacerse con la propiedad del antiguo y deshabitado inmueble con vistas a ésta y a otras miras de aprovecho lucrativo más personal. Por una parte, con el noble propósito de aliviar el paro gracias a las obras que supondrían la demolición del antiguo caserón y su sustitución por nuevas edificaciones así como, un vez perpetrado semejante atropello justificado por tan loable intento, con el de permitir a su benéfico promotor y patrón el disfrute de un nuevo local justo en esta zona del centro entonces tan revalorizada gracias a la proximidad de la reciente Gran Vía. En una estrategia hábil y rápida de hechos consumados, la operación pasó a vías de hechos y, por descontado, de derechos con el resultado visible que, pasados ocho años y en temporada casi estival, vemos recogido en el plano de la fotografía, por cierto algo diferente a lo que nos han transmitido referencias e incluso descripciones dedicadas a este teatro tan sui generis. De las peinetas decorativas que jalonaban toda la fachada expuesta a lo largo de calle Sierpe no aparecen restos visibles en la imagen ni, por supuesto, del envés de parte de su cara externa, muy cuidada y monumental en sus accesos, datos todos estos aportados por D. Salvador M. Arias Romero en su documentada monografía dedicada a las salas de cine de nuestra ciudad. Mucho más rudimentario y sin las dimensiones y calidad señoriales de la embocadura de su escenario, blasonada con las mismas armas que durante tantos siglos ostentó la fachada del palacio de los Córdova, la fotografía solo capta los elementos más usuales y corrientes en esta suerte de competiciones deportivas como son los combates de boxeo que no requieren tanto envoltorio ni tramoya teatral. A semejante fin el aire circense de este establecimiento descubierto se prestaba de la mejor manera y no está de más señalar esta circunstancia porque es precisamente en este capítulo de lo estrictamente deportivo donde estriba en gran medida el valor documental de la fotografía. Así como de espectáculos de masas más tradicionales sí que tenemos cumplida y extensísima noticia, como son los toros u otros actualmente casi extintos como las peleas de gallos, del boxeo a penas contamos en nuestra ciudad con testimonios gráficos que, de aparecer en tan tempranas fechas, suponen un documento verdaderamente valioso para ilustrar la historia de todo el deporte profesional practicado y desarrollado en nuestra ciudad. El hecho de contar, además, con el dato seguro de la fecha en que fue tomada la fotografía proporciona una felicísima ayuda para glosar de un modo breve pero seguro este raro episodio que ofrecemos inserto en nuestra colección fotográfica. En la casi preceptiva consulta a números de prensa publicados ese mismo día nos sorprendió vernos inmersos en un domingo de septiembre tan granadino como el del último mes del nuevo otoño que traía detalladas y fervorosas columnas consagradas a la procesión de la Virgen que iba a tener lugar esa misma tarde. Con ocasión de la coyuntura festiva abundaba la publicidad de cines y teatros en programaciones de muy diverso género desde espectáculos de zarzuela enmarcados en ventanas publicitarias de cierto tamaño y cuidado ribete hasta otros muchos redactados con estudiado disimulo en tipografía muy discreta y acompañados de una lacónica reseña de sus títulos y horas de programación, como era esperable, mucho más tardías de lo habitual. En el teatro Gran Capitán con anterioridad a lo que hoy día se llamaría la sesión pícara, iban a librarse en el cuadrilátero que vemos en la imagen dos primeros combates entre amateurs granadinos, sin más precisiones, como preliminar al plato fuerte de la velada, un enfrentamiento entre el campeón de España amateur de los welter, el púgil alicantino Juan Pastor Catalán, flamante deportista olímpico en la reciente edición de París de 1924, y un tal Ubeda, presentado como campeón del cinturón de Madrid. Hemos buscado alguna fotografía de los contendientes, especialmente del más conocido de ellos, pero no hemos dado con ninguna para identificar, en la medida de lo posible, si uno de los púgiles retratados correspondía a la de estos nombres. No obstante, en el mismo suelto anunciador del evento sí que aparece un nombre muy popular por entonces, el del campeón nacional de peso pluma, Ricardo Alís Ortiz, casi un ídolo nacional entre los aficionados a este deporte que pocos días después iba a pelear en nuestra ciudad sobre este mismo ring en lo que parecía una exhibición o gira nacional tras su sonada tournée por los estadios americanos. Pero, sin dejar esta misma jornada cuyos lances deportivos ha perpetuado este raro cristal, abrimos aún más esta curiosa ventana de la gaceta deportiva local con otras noticias sobre el mismo deporte igualmente previstas para ese mismo día en el contexto de lo que parece, como lo llamaba la prensa deportiva, un auténtico festival pugilístico. De uno de los tres combates organizados en un local desmontable llamado Teatro Circo, muy probablemente ubicado en el Humilladero, iba a proclamarse campeón de Granada en esta disciplina Eugenio y Luis Mirón cuya trayectoria, por otra parte, desconocemos. Sí que queremos citar otro nombre de ese mismo cartel, el del boxeador granadino Fernando González Jeromo, que en este último recinto iba a medirse con otro conocido campeón lusitano casi al mismo tiempo que se ventilaban estos rounds en el seno descubierto del teatro Gran Capitán. Suponemos que el avispado empresario de esta arena polivalente, el D. Ricardo Martín, alias el Merengue, había contraprogramado a esa hora sus tres combates para restar o repartirse la numerosa afición que podía concurrir entre los aficionados de nuestra ciudad a ambas peleas vespertinas de tanto tirón por entonces como bien revela la afluencia visible en la foto. Por pura casualidad, el mismo número de El Defensor, a pocos centímetros de estos deportistas nacionales y locales estampaba el nombre de una celebridad internacional de este mismo deporte, el francés Georges Carpentier, que acompañado de otros ases del celuloide, hoy míticos, Douglas Fairbanks y Harold LLoyd, en cuyos films había hecho algún cameo, realizaba una visita a Granada casi de incógnito y destapada, como sin querer, por el dueño de unos almacenes de la calle Reyes donde firmarían algunos autógrafos. El empresariado de nuestra ciudad, por lo que se ve, hilaba muy fino en la promoción y propaganda de sus negocios y comercios. 

DÍDIMO FERRER.





No hay comentarios:

Publicar un comentario

JORNADAS DE NOVELA HISTÓRICA DE GRANADA

JORNADAS DE NOVELA HISTÓRICA DE GRANADA

JORNADAS DE NOVELA HISTÓRICA DE GRANADA

JORNADAS DE NOVELA HISTÓRICA DE GRANADA